martes, 8 de abril de 2008

Sesión 19: La Primera Guerra Mundial y la Cultura Europea

Como hemos visto, la primera Guerra Mundial fue una catástrofe enorme para toda la gente a través de Europa. En el momento fue vista como el punto decisivo de Europa para definir sus valores y el sentido de sí misma. La guerra había acabado con un amplio porcentaje de una generación. Hizo caer tres imperios en Europa, el Alemán, el Austriaco y el Ruso. Cambió el balance de poder en mundo también, porque ahora Estados Unidos comenzaba a ascender a la posición dominante que aún mantiene.


La guerra influyó en casi todo el trabajo intelectual de la modernidad en Occidente. La subsiguiente reorientación del pensamiento es muchas veces descrita como un alejamiento de la creencia en el Liberalismo, el progreso, y la fe universal en el positivismo. Las tendencias críticas que ya habían estado en los márgenes culturales de Europa, con el Avent-Garde literario, de pronto se volvieron posiciones intelectuales centrales. La creencia en el poder explosivo de lo irracional se convirtió en una de las suposiciones dominantes del pensamiento Europeo. Como es evidente en el trabajo de Sigmund Freud, la psicología se convirtió en la manera central de entender el comportamiento humano, haciendo a un lado las creencias anteriores en el poder de la razón sobre las cuales estaba basado el Liberalismo y la Ilustración. Ahora Freud y sus colegas se volvieron gurús de una sociedad que quería entender el comportamiento que aparentaba ser inexplicable en términos racionales.

En esta sesión, quiero concentrarme en las tres áreas sobre las cuales la primera Guerra Mundial tuvo el mayor impacto. La primera es la crisis del Liberalismo. El segundo es la popularidad del pesimismo cultural. Y la última es la extensión del Avant-Garde de pre-guerra a una situación de predominancia cultural en la post-guerra.

Consideremos primero, el contexto cultural de la post guerra. El tema dominante que surgió de la primera Guerra Mundial fue la completa inutilidad y falta de significado de ésta guerra. Originalmente, había un poco de entusiasmo por ella, aunque éste ha sido exagerado por algunos historiadores. El verano de 1914 es el periodo que los Alemanes llamaron los Días de Agosto, y se supone que es el periodo durante el cual todos se unieron para luchar en una guerra en contra de los enemigos nacionales. Esto no es enteramente cierto, ya que hubo mucha turbación en toda Europa con el augurio de una guerra. Aún así, mientras que las muertes incrementaron, incluso los partidarios más convencidos de la guerra pronto olvidaron porqué ésta estaba siendo luchada. De hecho, cuando los Europeos recordaban el asesinato del Archiduque Franz Ferdinand y el sistema de alianzas que había conducido a la guerra, toda la situación parecía absurda. La Triple Alianza peleaba en contra del Triple Entente. ¿Y qué? ¿Realmente podía haber un sentido en todo esto?

Como ustedes saben, la guerra comenzó con la invasión Rusa de Alemania y de allí siguió con la invasión Alemana de Bélgica. Siguiendo el plan Schlieffen, los Alemanes arrasaron con Bélgica y estaban a poca distancia de Paris cuando su avance fue detenido en seco por una nueva tecnología defensiva: las metralletas, el cañón, y el alambre de púas. Así que de 1914 a 1918, la guerra fue esencialmente un empate, y tuvo un increíble costo en términos humanos. Esto fue en parte a la estupidez de muchos generales, que no se dieron cuenta de que la situación defensiva no podía ser superada con facilidad y mantenían su creencia de que un espíritu ofensivo sería suficiente para hacer retroceder al enemigo. Esto fue el caso para ambos lados, pero el liderazgo Británico y el Francés realmente se distinguieron por su necedad. En la batalla de Verdun de Febrero/Diciembre 1916, osea en 300 días, tanto los Franceses como los Alemanes contaron 500’000 bajas. En Somme, una ofensiva Británica que duró 140 días costó a los Británicos 600’000 hombres por 6 millas de territorio. Claro que después los Alemanes retomaron todo este territorio y un poco más.

Nunca había habido una guerra como esta antes. La magnitud de la matanza y su aparente falta de sentido cultivó cinismo y amargura en todos lados. Para noviembre 1918, había 30 millones heridos de todos los lados. Los Alemanes habían perdido un total de 6 millones de muertos, los Frances 5.5 millones. Además, con el colapso de los gobiernos Alemán, Austriaco y Ruso, cualquier esperanza en el progreso que había prometido el Liberalismo estaba casi totalmente destruida. Europa había caído en el caos, y ahora nadie podía creer en el progreso. Demasiados valores tradicionales parecían no tener sentido alguno. ¿Cuál era el punto de “progresar”, si el punto del principio era ya absurdo? Empecemos a ver entonces lo que los historiadores llaman la crisis del Liberalismo.

La tradición liberal había dominado el pensamiento económico, político y social a través de mucha de Europa durante el siglo XIX. La creencia fundamental era que el individuo era autónomo y especial. Los derechos del individuo (e incrementalmente de la mujer) debían ser respetados como base de la sociedad. Sin embargo la guerra sobrepasó este individualismo ingenuo. ¿Porqué hablar de la importancia de una persona, cuando tantos estaban muertos y heridos? ¿Y porqué premiar el rol del individuo en la economía cuando parecía que no tenía ninguna conexión directa a eventos reales? Durante la guerra, el gobierno intervino en la vida económica a un nivel sin precedentes, ya que todas las economías nacionales estaban bajo control estatal. Hubo controles extensivos de precios y racionamiento, mientras que el gobierno manejaba la producción y la distribución de los bienes y servicios más importantes. El estado laisses-faire, que el Liberalismo había cultivado, fue repuesto por la intervención gubernamental en la actividad económica individual.

La guerra también irrumpió el orden social Liberal. Creó un grupo enorme de veteranos de guerra alienados, que no tenían ningún interés en el viejo orden. De hecho, este grupo se volvió en tierra fértil para causas y grupos anti-liberales. Las relaciones de género existentes también fueron socavadas porque las mujeres, que habían descubierto una vida fuera de casa, eran obligadas a regresar a casa y no les gustaba en absoluto. Políticamente, la guerra socavó la concepción Liberal de la vida individual. El estado ahora asumió control sobre todos los aspectos de la vida de una persona, ya que la gente se había acostumbrado a ser ordenada en donde y cuando trabajar. Los valores de la libertad de expresión y de imprenta ya no eran tan queridos en un contexto en donde había poco trabajo y mucha destrucción. Así, en general, la sociedad Europea rompió con su pasado liberal, un choque que culminó con la Revolución Rusa, quizás la última repudiación de los valores liberales.

El liberalismo también fue atacado desde el plano intelectual, donde uno podría haber esperado una buena cantidad de apoyo hacía él. Para cualquier escritor de la postguerra, la guerra solamente era un punto de referencia, y la clave que emergió desde entonces fue el pesimismo, un sentido de que Europa había entrado en una crisis irreversible. Los intelectuales se obsesionaron con un extraordinario sentimiento de pérdida, sintiendo que un pasado glorioso se había ido y que lo más brillante había sido destruido por la guerra. En muchos sentidos, este sentido fue exacerbado por sentimientos de culpa y desorientación que surgían después de haber sobrevivido. ¿Cómo podía explicar uno la racionalidad de la supervivencia aleatoria? Como no estaba claro porqué ellos habían sobrevivido—no había ninguna explicación real para ello—los intelectuales acabaron por estresar como un mundo entero se les había perdido. Un ejemplo es el trabajo de Robert Graves: Goodbye to All That (Adiós a Todo Aquello) (1928). En este libro Graves argumentó que la fe y creencias antiguas se habían vuelto obsoletas en la crisis de la post-guerra que había despedazado todo, y hacía un llamado para explicar de nuevas formas el comportamiento de la gente. Para Graves, las personas no parecían estar en control de sus vidas y ni si quiera de sus deseos. Desde su punto de vista, la única explicación posible era médica y psicológica: Europa había caído en la enfermedad.

El pesimismo cultural fue especialmente claro en el trabajo de Oswald Spengler. Su trabajo principal The Decline of the West (El Declive de Occidente) (1918) retaba el punto de vista liberal progresivo de la historia al exponer un viejo punto de vista cíclico. Como él lo veía, la historia no progresa, ni se mueve a niveles más altos de logros humanos. De hecho, todas las culturas crecen, declinan, y mueren. Para él, Occidente estaba atrapado en un proceso de declive tan grande y tan poderoso que el individuo se perdía completamente, meramente flotando entre fuerzas históricas que no prestaban ninguna atención a la razón ni deseos humanos.

Vemos un declive similar en el optimismo de la Poesía Moderna. W.D. Yeats y T.S. Eliot comenzaron a estresar la experiencia de la transición y el colapso en sus obras. The Wasteland (La Tierra de los Deshechos) (1922) de Eliot y The Second Coming (La Segunda Venida) (1921) de Yeats, encierran un gran sentido de declinación, en el sentido de que la vida estaba fuera de control, que había un vacío fundamental en el corazón de la experiencia humana. Vemos la expresión máxima de esto en el poema The Hollow Man (El Hombre Vacío) (1925) de Eliot. Así, la creencia de que el pesimismo era la única posición intelectual honesta se volvió fundamental en la cultura Europea. Esto pasó, en parte, porque ya habían existido precursores en la cultura Europea. El avanti-garde literario de Paris y Viena ya había comenzado su ataque en el Liberalismo y el Progreso, al comienzo del siglo XX. Para ellos, la única manera de darle un significado al mundo era no tratar de representarlo. En arte, literatura y poesía, se asumió que solamente un salto a lo irracional podía explicar cualquier cosa. Con esto, enfoquémonos en el Avant-Garde.

La guerra movió a los movimientos más extremos del arte y la literatura de los márgenes al centro. Para entender esto, debemos dar un paso atrás a la escena literaria de la pre-guerra. El Avant-Garde de la pre-guerra emergió al final del siglo XIX como una crítica a los valores liberales. En particular, los escritores se revelaron en contra de la fe liberal en la razón y la ilustración. Ya han visto un poco de esto con Nietzche, que valoraba más el querer alcanzar y la guerra que la contemplación y la vida sedentaria. Pueden encontrar críticas similares en Dostoevsky. Por ejemplo, el protagonista de su famosa novela psicológica "Crimen y Castigo" llevaba el nombre de Raskolnikov. En ruso la palabra raskol significa cisma, y un hombre que lleva consigo un cisma o una división, difícilmente puede ser llamado racional. El Avant-Garde llevó este pensamiento radical al extremo, agregándole elementos de los Románticos como Gustav Flaubert y revelando el irracional, o mejor dicho, la naturaleza no racional de la experiencia humana. En este contexto el arte se volvió una liberación, estresando la prioridad de la introspección personal sobre una discusión objetiva de la realidad. Toda verdad se volvió subjetiva y perspectiva. La verdad, el Avant-Garde decía, viene de una visión interior. El Literario Modernista tiene como tema gobernante la creencia de que la verdadera realidad no es externa pero esta basada en la experiencia interior. Podemos trazar los orígenes de este movimiento al movimiento simbólico Francia. Por ejemplo, Charles Baudelaire (1821-1867) decía que todo lo que vemos puede ser un símbolo para algo más. Para tener un entendimiento profundo debemos interpretar e imaginar el mundo. Los poetas simbolistas como Stephan Mallarmé (1842-1898), Arturo Rimbaud (1838-1889), y Villiers de L’Isle Adam (1838-1889) estaban obsesionados con el problema de los símbolos. Mallarmé estaba en el centro de este movimiento. Escribió complejos poemas para una audiencia pequeña. Desde su punto de vista, la poesía tenía que mostrar el lenguaje interior de un poeta, que era necesariamente personal y no podía ser entendido ampliamente. Lo interno era real, lo externo una ilusión. Muchos de los simbolistas utilizaban drogas y alcohol para ayudarse a explorar las profundidades del mundo interior. Otros se volvieron a las culturas primitivas, como Gauguin, quién fue a Tahiti, y Rimbaud, que viajó por África y a Asia, antes de renunciar a la escritura totalmente.

La tradición modernista se intensificó durante la Primera Guerra Mundial. Un famoso ejemplo fue el movimiento Dada. El Dada fue fundado en 1916 por un poeta Suizo llamado Tristan Tzara, quien fue un poeta irracional, que escribía palabras en un orden aleatorio. (Incluso llegaba al extremo de sacar palabras de un sombrero y escribirlas). Esto sugería que toda la civilización era aleatoria y absurda. (Ustedes se pueden acordar de la línea de Nietzche en el Umbral de los Ídolos (Twilight of the Idols) que seguiremos creyendo en Dios siempre y cuando creamos en la gramática.) La idea de que cultivar lo aleatorio era la única respuesta racional a un mundo que se había vuelto absurdo. Dada tendía a ser muy destructivo en sus efectos y no duró más allá de la guerra. Sin embargo podemos ver el impacto a largo plazo de la guerra en un movimiento de pintura conocido como Surrealismo. Este movimiento emergió en los 1920s y su exponente más famoso es, claramente, Salvador Dalí. Este movimiento de arte retomaba algunos de los temas de los poetas simbolistas. Originalmente liderado por el pintor francés Andre Breton, el movimiento sostenía que la pintura debe explorar el mundo subconsciente, debía ver las cosas de la vida diaria como meros símbolos de una realidad más profunda. También podemos ver tendencias similares en el mundo literario. El punto común entre escritores de esta tendencia era que la realidad externa no funcionaba. Las novelas en este periodo demostraron el escepticismo hacia el mundo exterior, principalmente hacia el mundo de la política, y muchos escritores simplemente juzgaron que el mundo de la política era irremediablemente corrupto. Sin nada más en la vida pública, estos escritores se consolaron al retornar a la exploración personal de las verdades artísticas. Por esta razón, la novela modernista quería alienar al lector enteramente, esto es removerlo completamente de las verdades confortantes. Quería redefinir lo familiar rompiendo las suposiciones comunes como por ejemplo de la unidad del tiempo y del espacio. A los novelistas de este periodo no les importaba la cronología o el orden. Cuando se molestaban en describirlos, los eventos externos parecían ser poco más que acontecimiento aleatorios y completamente irrelevantes a la vida interior.


Cuando se molestaban en describirlos, los eventos externos no parecían ser más que eventos aleatorios y completamente irrelevantes a la vida interior. Los eventos clave en la novela modernista estaban dentro de la persona y eran explorados por narrativas que investigaban el mundo interior.
En la Literatura Francesa, un buen ejemplo de esto es Marcel Proust (1871-1922). Proust es notable por, entre otras cosas, retirarse a la edad de 30 a un cuarto lleno de corcho para solamente escribir y tomar cantidades masivas de café. Murió joven. Su trabajo de seis volúmenes, Remembranzas de Cosas Pasadas (Remembrances of Things Past) (1913-1922), que escribió encerrado en su cuarto, es un monumento al interior. Mientras que Francia estaba en guerra, él estaba sentado en su cuarto explorando cada rincón de su memoria, desarrollando como su tema principal que el ser es ultimadamente lo esencial. Lo que somos en nosotros mismos está aislado y es inefable; no puede ser comunicado a otras personas, aunque hay una pequeña esperanza de que otras personas puedan acceder a él a través del arte. El arte no puede comunicar enteramente nuestros pensamientos a los otros, pero es la única alternativa al completo asilamiento en un cuarto lleno de corcho. Otro escritor francés que hay que mantener en mente es André Gide (1869-1951). El vivió una vida más pública que Proust, pero también creía que el individuo estaba completamente aislado. Para él, la moralidad había sido rota por la guerra y el arte era lo único que podía restaurarle. Era tarea del artista crear una nueva moralidad en un mundo roto. Que ambos escritores eran homosexuales en un mundo que no tenía lugar para los homosexuales, meramente acentuó su sentimiento de aislamiento y de marginalización. Podemos encontrar temas similares en la literatura Inglesa. Aquí vemos el mismo interés en el interior y el énfasis en lo marginal. James Joyce (1882-1941) es un clásico ejemplo. Joyce también fue marginalizado, pero por una vida en exilio. Aunque era Irlandés, pasó muchos años viviendo en Italia, Suiza, y Francia. Su trabajo está marcado por una exploración extendida del mundo interior, como es aparente en su gran novela Ulysses (1919). Escrita durante la primera guerra mundial, el problema fundamental de la novela era el tiempo: era de 800 páginas y estaba dedicada a explorar los eventos casuales de un solo día. Para describir este mundo interior, Joyce utilizó uno innovación literaria llamada “el flujo de la conciencia” como estilo de escritura. No había ninguna lógica para el tiempo, el pensamiento, o incluso la narrativa, ya que el texto se movía aleatoriamente de un tema al siguiente. Otra escritora clave es Virginia Woolf (1882-1941). Woolf buscaba la realidad en el lenguaje y no en las acciones. Ella no estaba totalmente separada de la vida pública, pero de todos modos insistía en retirarse de ella de vez en cuando. Era miembro de un grupo llamado el “Bloomsbury Circle” que tenía fuertes lazos al “Cambridge University”; ella y sus colegas veían la verdad como trascendente, encima de la simple realidad. Así el trabajo de Wolf no le pone mucha atención a los eventos externos, mientras que el pensamiento interno es considerado a detalle excesivo. Como resultado, no hay una narrativa clara en su trabajo, y el énfasis está en descubrimientos internos repentinos y rompimientos emocionales. También vemos una desorientación similar en la Literatura Alemana. En ningún caso es más clara la crisis de la literatura que en Franz Kafka (1883-1924). Era un intelectual judío de habla alemana viviendo en Praga, trabajando como un inspector de seguros para el estado. Esto era, sin duda, un trabajo odioso, y quizás por esa razón, sus personajes siempre son representados como solos en este mundo. Para Kafka, no hay ningún significado en el mundo social y todos estaban siempre alienados de todo y todos. Los procesos sociales y políticos no tenían ningún otro significado más que frustrar las ambiciones de todos. Para aquellos que han leído su trabajo “El Juicio” (The Trial), este sentimiento de frustración y alienación es particularmente claro. La alienación de Kafka es extrema en la literatura Alemana, pero escritures menos extremos como Thomas Mann (1875-1955) siguieron temas similares. Mann veía a Europa en crisis, y este sentimiento databa de antes de la guerra, como es aparente en su trabajo clásico Muerte en Venecia (Death in Venice). En este texto exploraba como la cultura oficial le había quitado a la gente su vitalidad, dejando solamente enfermedad y muerte. Para Mann la enfermedad se volvió una metáfora para la modernidad. Inicialmente, vio la Primera Guerra Mundial como una manera de revitalizar la cultura, pero pronto se volvió un síntoma de otra enfermedad de raíz. Analizó este cambio en su trabajo La Montaña Mágica (The Magic Mountain) (1924), una historia ubicada en un hospital de tuberculosis, con pacientes de toda Alemania muriendo una muerte lenta y dolorosa. El hospital en las montañas estaba, por esto, aislado de toda la cultura. Quizás, por esta razón, la novela presenta al lector solamente con tipos ideales. El sentimiento general que emergía de lo alejado del espacio y del vacío de los personajes es que Europa necesitaba encontrar una manera de afirmar la vida. Este era un tema fundamentalmente Nietzscheano, pero identificaba un nuevo problema central: la gente estaba perdida y necesitaba algo nuevo para creer.
Hemos visto como la Primera Guerra Mundial dejó a una generación entera sin raíces y destripada de la habilidad de explicar o conectarse al mundo. Un elemento de esto fue el viaje hacia lo irracional y el inconciente, y no es coincidental que Freud se volvió algo así como un gurú para el mundo. (Tampoco es coincidental que la cultura Europea, en este estado, se volvió terriblemente aburrida en los treintas y cuarentas.) La cosa que debemos de tener en mente, sin embargo, es que la gente, luchando por mantenerse a flote, acababa buscando en lugares dudosos. El Comunismo y el Fascismo son dos ejemplos, y el combate entre los dos dominó Europa durante los treinta siguientes años. Pero el nihilismo liberatorio y la alienación elitista se volvieron una parte permanente en la escena cultural Europea. Sus efectos los veremos en la siguiente serie de ideologías mesiánicas europeas, sentimientos antinucleares, ambientalismo, internacionalismo, y anti-americanismo.