lunes, 21 de abril de 2008

Sesión 21: Mussolini y Hitler: Dictadores como los Íconos de la Modernidad

El Fascismo fue una cultura global y un fenómeno político de los 1920s y 30s. Como el Comunismo, era una reacción a la crisis del Liberalismo que ya hemos discutido, precipitándose al vacío cultural dejado por la Gran Guerra. Aunque comenzó en Europa central y del este, eventualmente se extendió alrededor del mundo a muchos países diferentes y tradiciones nacionales. Ampliamente, el fascismo fue un movimiento político de masas que dominó Europa central, del sur, y del este, entre el periodo de 1919 y a 1945, y que también tuvo un apoyo significativo en Europa del oeste, África, el Medio Oriente y Norte y América del Sur. El fascismo nunca fue un movimiento ideológico, pero sus componentes nacionales individuales compartieron un número de características importantes. Primero, todos los movimientos fascistas estaban basados en la nación. Segundo, todos los movimientos fascistas contenían un elemento del socialismo. Tercero, todos los movimientos fascistas eran populares, enfatizando la preocupación del estado por el bienestar de su pueblo. Cuarto, todos estos movimientos oficialmente no tenían clases sociales; es decir, el fascismo adoptó del comunismo el sueño de una sociedad sin clases, pero lo vistió con una retórica nacionalista. Quinto, los movimientos fascistas estaban todos centrados en un solo líder. Los dos líderes más famosos son, claro está, Adolf Hitler y Benito Mussolini, y sus caminos respectivos serán la base para la sesión de hoy.
Comenzaré con Italia, ya que el Fascismo se originó allí. Nuestra primera pregunta es, por lo tanto, ¿Porqué Italia? ¿Qué tenía la situación Italiana que propiciaba este tipo de política? Debemos comenzar considerando la unificación tardía de Italia. Unificada hasta 1870, Italia tenía que aprender muchas cosas al entrar al escenario mundial, y su desarrollo político y económico fue condensado en un tiempo relativamente corto. Así, como discutí en la sesión acerca de la unificación Italiana, las formas tradicionales de la organización social fueron tambaleadas por la nueva economía, lo que significaba que el país estaba en problemas antes de que el fascismo llegara. A esto le debemos añadir la débil constitución de Italia. Producto de muchos compromisos, la constitución de la post-unificación proveía una débil monarquía constitucional y un cuerpo legislativo elegido a través de la representación proporcional. Ya hemos visto las dificultades de la representación proporcional en nuestra discusión de Weimar. Las cosas no estaban mejor en Italia, donde encontrar un consenso político era difícil. Hubo así una sucesión rápida de gobiernos después de 1870, y la política de Italia descendió al extremismo político.
Además, debemos mencionar los problemas más amplios del nacionalismo y el imperialismo. Como Alemania, Italia entró al juego imperial tardíamente, y tampoco lo jugaban muy bien. En 1881, los Franceses y los Británicos frustraron las ambiciones Italianas en Tunisia. (Esto, como ustedes recordarán, fue el comienzo de la gran “Repartición de África” (“Scramble for Africa”). En 1896, desesperados por tener una colonia Africana, Italia invadió Etiopía y fue derrocado por defensores nacionales. Estos dos eventos fueron una gran vergüenza para Italia, pero revelaron una verdad: Italia no tenía los recursos económicos necesarios para jugar el juego internacional. Aún así, Italia trató de jugar repetidamente el juego y perdía cada vez, lo cual irritaba el nacionalismo herido de Italia aún más, haciéndola tanto inestable como agresiva. No es ningún accidente que Mussolini emprendiera su propio programa de expansión colonial después de tomar el poder en 1922.
Italia también sufrió de debilidad en su cultura política. La política democrática en Italia era famosa por su venalidad y corrupción. Al mismo tiempo, los Italianos describieron su sistema político con dos términos: combinazione y transformismo. Los dos eran peyorativos. Combinazione se refería a que tan poco en realidad había cambiado cuando los nuevos gobiernos eran elegidos. Los políticos Italianos tenían una vieja política de comprar la oposición con mordidas o puestos. Esto significaba que el cambio en el gobierno casi no ocurría, ya que la misma gente aparecía en los nuevos gobiernos. Esta política de soborno universal y extensivo era lo que los Italianos llamaban transformismo. Así, uno podía transformar un oponente político en un amigo al comprarlo. Viendo todo esto, la persona común era forzada a concluir que la elite política meramente intercambiaba favores, en vez de ofrecer alternativas genuinas. Uno puede ver como los Italianos se volvieron cínicos acerca de la política.
Encontramos un buen ejemplo del problema en la carrera de Giovanni Giolitti. Giolitti era una fuerza política poderosa al principio de siglo en la política Italiana, y su tipo de política enfatizaba fuertemente la corrupción y la violencia como medios para influencias las decisiones políticas. La reputación de Giolitti para usar conexiones personales y hacer negociaciones secretas incluso inspiraron una nueva palabra, giolittismo. Giolitti se convirtió en el primer ministro Italiano en 1892, pero inmediatamente se vio envuelto en un gran escándalo banquero que también implicaba a otros políticos Italianos. Estaba fuera de su puesto en 1893, pero se quedó en la política y tuvo un fuerte pleito con su sucesor, Francesco Crispi, que lo ayudó a derrocar a este gobierno en 1896. Aquí sin embargo, podemos empezar a comprender las actitudes de los Italianos hacia el gobierno, ya que Giolitti seguía regresando. Fue ministro de interior a una 1901 a 1903, y de nuevo primer ministro de 1903 a 1905. Renunció por una disputa laboral, pero se aseguró que un aliado político suyo estuviera en su lugar de 1905 a 1906. En 1906, regresó de nuevo como primer ministro, renunciando de nuevo en 1909. En 1911 regresó y comenzó una guerra con Turquía, que terminó en 1912 con Italia tomando Libya. En 1914, renunció otra vez. Para 1920, otra vez era primer ministro, y durante su administración toleró fascistas Italianos, no porque el fuera uno de ellos, sino porque su gobierno necesitaba de los fascistas para permanecer en el poder. En 1921, renunció de nuevo como primer ministro y dio apoyo moderado a los fascistas, aunque después lo tuvo que quitar. Parece que Giolitti quería regresar al poder político después, pero los fascistas lo tomaron en 1922, finalmente cerrándole las puertas a su carrera.
Ahora podemos entender más claramente, quizás, el anhelo popular para algo diferente, porque entre todos los supuestos cambios, nada parecía cambiar. En este contexto, vemos el desarrollo de los movimientos hiper-nacionalistas y también el deseo para un futuro diferente. Un ejemplo cultural de este deseo era el Futurismo, un movimiento artístico Italiano que enfatizaba la energía, el poder, la velocidad, y la violencia, en vez de los sentimientos o los conceptos filosóficos abstractos. Como otros movimientos que hemos discutido, sus raíces datan de antes de la Gran Guerra. Fue oficialmente anunciado en Febrero 20 de 1919, en un manifesto publicado en el periódico Parisino Le Figaro por un escritor Italiano llamado Filippo Tommaso Marinetti. Marinetti acuñó el término Futurismo, queriendo con él ir más allá de lo estático y llevando el arte a un futuro llenó de movimiento y energía. El Manifesto enfatizaba la reciente explosión de progreso tecnológico, glorificando cosas como la velocidad y el poder del automóvil. Marinetti también elogiaba las virtudes de la violencia y el conflicto, llamando a la gente a repudiar instituciones como museos y todos los valores tradicionales que ataban a la gente con el pasado. Marinetti se había vuelto el centro de un breve pero poderoso movimiento artístico que siempre anhelaba más, aunque nunca parecía estar seguro de qué más. Algunos Futuristas se volvieron fascistas, y no es ningún accidente que el movimiento Futurista se volviera el arte oficial de los fascistas.
Ahora podemos regresar a Benito Mussolini. Antes de la Primera Guerra Mundial, Mussolini había sido un socialista. Había editado el periódico socialista Avanti y estaba abiertamente en contra de la guerra Italiana con Turquía, llamándola una conspiración capitalista. Pero durante la Primera Guerra Mundial, él—como otros que también fueron al frente—se volvió un nacionalista extremo. En una historia que hemos oído antes, el servicio durante la guerra de Mussolini lo dejó alienado de la sociedad de post-guerra. En particular, estaba decepcionado de que tan poco Italia había sacado de Versalles. Todos estos factores hicieron de él un candidato ideal para convertirse en el oponente del status quo. Después de 1919, se movió hacia el sindicalismo, un tipo de socialismo que enfatizaba la organización de sindicatos y huelgas como una manera de controlar los sistemas económicos de la nación. En este punto Mussolini era todavía un socialista, pero el sindicalismo le permití incluir el nacionalismo con el socialismo. Este fue el primer paso real hacia un nuevo y peligroso camino político.
En 1919, Mussolini fundó un nuevo movimiento que llamó Fasci di Combattimento (Grupos de Pelea). Tomó el nombre y el símbolo del partido de un antiguo emblema Romano en el cual un puñado de varas está atado alrededor de dos hachas. Esto era un símbolo apropiado, en tanto que estresaba la violencia y la conformidad a un grupo más grande. Desafortunadamente para muchos Italianos, de igual manera en el cual no hay lugar entre las varas, tampoco había lugar en la Italia fascista para aquellos que no concordaban con los fascistas. En este aspecto, el oportunismo de Mussolini fue impecable, ya que 1919 fue un año tumultuoso para Italia. Los campesinos y los trabajadores se levantaron en varias partes del país en contra de la privación económica de la post-guerra. Así, los fascistas, que tenían su ejército privado y estaban más que dispuestos en tirar cabezas, fueron vistos como la única esperanza para restablecer el orden en Italia.
Para Marzo de 1922, presintiendo que tu tiempo había llegado, Mussolini organizó lo que llamó su “Marcha sobre Roma”, enviando a 17’000 fascistas a Roma para tomar el poder. El gobierno se colapsó y Mussolini simplemente asumió el control político. Para 1924 había escrito una nueva constitución que eliminaba tanto al rey como al parlamento y ponía al país entero bajo el gobierno de un tal “Gran Consejo Fascista”. La violencia se volvió cada día más central en la vida cotidiana de Italia, ya que Mussolini y los fascistas encarcelaban o simplemente mataban a golpes a sus oponentes políticos. Luego, durante los 1930s, después de haber acabado con sus enemigos internos, Mussolini probó la aventura en política exterior. En 1935, mandó tropas Italianas a Etiopia, que utilizaron gas tóxico (posion gas) en contra de los defensores nativos para vengar la derrota anteriormente sufrida por Italia. Una emergente relación con Adolf Hitler entonces hizo a Mussolini incluso más agresivo y peligroso. Entre 1936 y 1939 intervino en la Guerra Civil Española, y en 1940, le declaró la guerra a Francia. Este fue el error final de Mussolini, ya que llevó a Italia a una guerra que no podía ganar. Para 1940. Italia había sido reducido a un apéndice de un estado fascista Alemán mucho más grande y mucho más peligroso.
Ahora, volteamos al otro ejemplo del fascismo, la Alemania Nazi. Alemania ofrece algunos paralelismos significativos a la situación Italiana. Como ustedes saben, hubo una gran desilusión entre los Alemanes acerca del resultado de la Primera Guerra Mundial. El desajuste económico de los años de entre guerra hirieron fatalmente la poca credibilidad que le quedaba al gobierno democrático de Weimar. Había claro, de todos modos, una diferencia significativa. La Alemania Nazi estalló una ola creciente de anti-Semitismo que databa de las dificultades económicas de los 1870’s. Mussolini nunca necesitó del anti-Semitismo para ganar el poder. En Alemania sin embargo, cuando los problemas económicos se volvieron totalmente inmanejables, los Nazis fueron capaces de usar el anti-Semitismo como un principio organizador. Así, Alemania era un estado inestable y problemático—una receta fatal para un estado que tenía un gran potencial económico. En este entorno, debemos colocar a Adolf Hitler. Hitler fue nacido en Branau am Inn, un pequeño pueblo localizado al norte de Austria. Su padre, Alois, era un hombre distante y se murió cuando Adolf era joven; su madre, Clara, lo consentía. En 1909, Adolf Hitler se mudó a la gran ciudad de Viena y trató de entrar a la escena del arte de Viena. Falló dos veces para ganar su admisión a la prestigiosa Academia de arte de Viena. (Deben recordar aquí que junto a Berlín, Munich, y Dresden, Viena se había vuelto una ciudad líder en las artes en el mundo).
Viena es particularmente importante para entender a Adolf Hitler, porque aquí fue donde primero fue expuesto a ideas políticas anti-Semitas. Durante fines del siglo XIX y principios del siglo XX, Viena cambió dramáticamente, al emigrar una cantidad de Judíos y Eslavos de todo el Imperio Austro-Húngaro en busca de trabajo. El cambio demográfico encendió un movimiento nativo, que tenía fuertes tonos racistas y anti-Semitas. El ejemplo más famoso de la importancia de este movimiento es la carrera del antiguo alcalde de Viena, Dr. Kart Lueger, que no se pensaba a sí mismo ni como un racista ni como un anti-Semita, pero que de todos modos era capaz de explotar estas tendencias para mantener a su partido, la Unión Social Cristiana, en el poder. Fue mientras que Lueger estaba en el poder que Hitler primero experimentó el poder del anti-Semitismo.
En 1913, Adolf Hitler dejó Viena para ir a Munich, donde vivía una vida de artista pobre, pintando postales para vender. En el verano de 1914 su vida cambió con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Hitler había sido denegado la admisión al Ejército Austrialiano al principio de ese año, debido a su baja estatura. Pero después del estallido de la guerra, se enlistó al ejército Alemán. Hitler era un soldado valiente, trabajando principalmente como mensajero en las líneas del frente. Durante el combate ganó dos cruces de hierro por valentía, una de las cuales era de “primera clase”, una distinción inusual para un cabo. Cuando Hitler regresó a Munich después de la guerra, como muchos otros, se encontró con un mundo con el cual no podía conectarse.
En 1919, Adolf Hitler entró a la política, uniéndose a un nuevo partido, el Partido Alemán de los Trabajadores (DAP), fundado por Anion Drexler. Hitler era un gran orador y colector de fondos para el partido. Para 1920, era uno de los líderes del partido, incluso estableciendo lo que serían los principios fundamentales del partido. En Abril de 1920, bajo el liderazgo de Hitler, el partido cambió su nombre al Partido Nacional Socialista de los Trabajadores (NSDAP), y personalmente escogió el emblema del partido, la swástica. También es importante la adquisición del periódico “Völkischer Beobachter” (El Observador de la Gente) en este mismo año, porque servía para distribuir propaganda Nazi. En 1921, Hitler asumió el control completo del poder, trayendo consigo una disciplina y una organización moderna a un partido que hasta ese entonces, había sido conformado por una bola de borrachos. Fue durante este tiempo que atrajo un cuerpo interno de aliados cuyos nombres se volverían infames: Hermann Goering, Rudolf Hess, Alfred Rosenberg, y Julios Streicher.
En 1923, Hitler y el ex General Prusiano Erich von Ludendorff llevarón a cabo el “Beer Hall Putsch” en Munich, declarando al gobierno de Weimar desposeído y tratando de tomar el control de la ciudad. A diferencia de Italia, el gobierno luchó en contra, arrestando a los conspiradores y juzgándolos por traición. Sin embargo como hemos visto, el sistema legal de Alemania no representaba cual ninguna amenaza para los extremistas de derecha, y Hitler solo fue sentenciado a cinco años en cárcel, de los cuales cumplió meramente seis meses, y eso en el confort relativo de un castillo. Estos seis meses sin embargo fueron cruciales y le dieron a Hitler el lujo de dictar su texto infame “Mein Kampf”, una larga letanía en contra de una larga lista de enemigos imaginarios.
Aunque Mein Kampf difícilmente fue la clave del éxito de Hitler, sí ofrece una idea temprana de la visión del mundo que más tarde causaría tanta destrucción. En la visión de Hitler había una jerarquía básica de razas, con los “Arios”, claro está, arriba de todos. La gente (Volk) eran la unidad básica de la humanidad, y el estado servía a la gente. Weimar no servía a las necesidades del Volk. Incluso peor, era democrático, lo que significaba que votantes individuales determinaban la política, y el individuo era completamente inútil y sin importancia para Hitler. Para él, solo un líder único (Führer) podía llevar a la gente a la grandiosidad.
Claro, ustedes se imaginan, Hitler también le apuntó a la otra visión totalizadora del mundo, al Marxismo. Si la democracia era mala, el Marxismo era la malicia pura. Internacionalista y basada en clases, no tenía ningún lugar para las razas. Además, ya que muchos Marxistas prominentes en Alemania y en la Unión Soviética eran también Judíos, Hitler perseguía a los Judíos mientras que atacaba a los Marxistas. Ustedes ya habrán notado que esta es una posición muy poco consistente, ya que la ideología de Hitler también veía a los Judíos como parásitos capitalistas. Esto era una contradicción, pero la coherencia no era la preocupación más importante de Hitler. Cuando Hitler regresó a las calles después de que su sentencia de cinco meses se cumpliera, lo hizo habiendo aprendido una lección muy importante. El poder no podía ser tomado por la fuerza, pero debía ser adquirido a través de medios legales. Entre 1924 y 1932 Hitler hizo de su partido una organización grande y nacional. Mucho como lo hicimos en Weimar, podemos considerar que el ascenso al poder de los Nazis tuvo diferentes etapas. La primera etapa fue de 1924 y 1928. Este fue un tiempo difícil para los Nazis, ya que la prosperidad económica creciente les hacía difícil conseguir votos. Entre 1924 y 1928 la cuenta del voto Nazi bajó de los dos millones a los 800’000, dejándoles con tan sólo 12 asientos de los 491 del Reichstag. Sin embargo durante la segunda fase, entre 1928 y 1932, el crecimiento del partido fue explosivo, ya que el caos social y económico ocasionado por la caída de la bolsa le ganó votos al partido. Mientras que el crédito del mercado se secaba en Alemania, despidos masivos ocurrieron y muchos de los desempleados se volvieron hacia los Nazis. En 1930, los Nazis tenían alrededor de 6.4 millones de votos, convirtiéndose en el segundo partido más grande después del Partido del Centro.
Aquí debemos considerar como exactamente los Nazis fueron capaces de tomar ventaja de esta situación inestable. Los Nazis lograron estilizarse como el partido del futuro. Los Nazis utilizaban ralléis en masa, música, discursos, banderas, y pósteres para impactar a su audiencia. Estas eran técnicas políticas pioneras y muchas de ellas se siguen utilizando hasta la fecha. El mensaje no era tanto el contenido político, sino más bien el sentimiento de que el partido estaba donde se desarrollaba la acción. Los Nazis hicieron de la política un evento social divertido, con mucha cerveza y salchichas para todos.
Claro, estas no son las únicas razones por las cuales el partido fue tan exitoso; también le hablaban directamente a las preocupaciones económicas de la gente. A los trabajadores les prometían empleo completo, y cuando entraron al poder cumplieron. La construcción de las carreteras (Autobahn) es un ejemplo. En 1934, 52’000 gentes estaban trabajando en el proyecto, y esto era solo el comienzo de los proyectos organizados por el gobierno. Los Nazis también hablaban a los granjeros, prometiéndoles apoyarlos con sus granjas. También le prometieron a las clases media y media baja de Alemania un mundo económico más estable, donde el dinero retuviera su valor. La centralidad de las preocupaciones económicas es importante aquí, porque la economía abrió la puerta para la despiadada política anti-Semita. El trabajador promedio o dueño de un negoció estaba muy asustado de los manipuladores del mercado y los especuladores, gente que competía injustamente y no producían nada. Esta gente eran, en sus mentes, usualmente Judíos, ya que los Judíos tenían una larga historia en los mercados financieros, y ya que los Nazis jugaron con estos miedos, alentando a la gente a culpar a los especuladores Judíos de sus problemas.
Mientras que tomamos nota de los problemas de los cuales se ocupaban los Nazis en sus plataformas políticas, también debemos tomar nota de otro problema que los Nazis resolvieron, aunque en una manera irónica: la violencia de las calles. Es más que irónico que los Nazis prometieran un fin a la violencia, ya que ellos la causaban. Pero como una forma de política, el “hooliganismo” programático fue efectivo. A través de los 1920s Alemania había visto una serie de batallas de calle violentas, en las cuales los Nazis y los ejércitos del ala izquierda se golpeaban. Un dicho incluso apareció que mas o menos decía así: “Mejor un fin a la pelea, que pelear sin fin”. Así, para mucha gente, no importaba quién ganara, si no más bien que la pelea acabara. En estas maneras, los Nazis se ocuparon de muchas necesidades, mientras que utilizaron todas las herramientas a su disposición para ganar el poder político.
Esto nos lleva a la subida del poder de Hitler. En febrero de 1932, Hitler luchó por la presidencia de Weimar en contra de Paul v. Hindenburg, el héroe popular de guerra. En Marzo de 1932, después de la segunda vuelta, Hindenburg ganó con el 53% del voto en contra del 36.8% de Hitler. Pero la situación política permanecía inestable. Recuerden de la sesión de Weimar como el electorado se polarizó progresivamente. Para Junio de 1932, con todos los problemas económicos y políticos que Alemania confrontaba, el Canciller en el poder, el político de Centro Heinrich von Brüning, resignó. Paul von Hindenburg entonces designó a Franz von Papen para volverse el siguiente Canciller y determinó las siguientes elecciones para Julio. En estas elecciones los nazis ganaron incluso más votos, con 13’745’000 votos y 230 de 608 asientos en el Reichstag. Hitler demandó ser nombrado Canciller, pero Hindenburg se rehusó, temiendo lo que Hitler podía hacer en el poder.
Esta situación fue de mal en peor. En Septiembre de 1932, Hermann Goering fue electo presidente del Reichstag y emprendió en una serie de movimientos políticos que forzaron a von Papen a resignar en Noviembre 17. De nuevo HIndenburg se rehusó a nombrar Hitler canciller y en vez se volvió al conservador Kart v. Schleicher para formar un nuevo gobierno. Schleicher no pudo encontrar una mayoría en el Reichstag, así que resignó en Enero 28, 1933. En Enero 30, con aparentemente ninguna otra opción, Hindenburg de mala gana nombró a Hitler como el último canciller de Weimar. En este punto Hitler era meramente solamente un Canciller. Pero luego en Febrero 27, de 1932 el Reichstag se quemó. Los Nazis seguramente empezaron el fuego, pero Hitler en seguida culpó a los Comunistas, y los Nazis arrestaron a un pobre Comunista Holandés, Marius van der Lubber, que había estado viviendo en Berlín, y lo culpó del incendio. Después todos los diputados comunistas en el Reichstag fueron arrestados, y Hitler obligó al Presidente Hindenburg a declarar un estado de emergencia, lo que le dio a Adolf Hitler poderes amplios para aplastar la disidencia y acallar la prensa libre de Alemania. Hitler utilizó la oportunidad para llamar a nuevas elecciones y emprendió una represión brutal de toda la oposición. En marzo 5, 1933 las elecciones fueron llevadas a cabo y los Nazis ganaron el 44% del voto total. Esto no era suficiente sin embargo; Hitler necesitaba 2/3 de la mayoría para cambiar la Constitución de Weimar. Para evadir este problema, Hitler hizo que el cada vez más dócil Reichstag pasara la Ley Orgánica en Marzo 23, 1933. Esta ley le dio a Hitler el completo poder dictatorial por cuatro meses. Lo devolvió después de 12 años.