jueves, 31 de enero de 2008

Sesión 1: Europa en el siglo XVII y la Naturaleza de la Autoridad

El siglo XVII tiene una mala reputación entre los historiadores modernos, quienes se han referido a todo el periodo como un periodo de “crisis”. Para ellos, parece que independientemente del lugar y el tiempo, durante todo el siglo XVII Europa estuvo en crisis—su economía, la iglesia, la política, la cultura o la ciencia. Los mercaderes y campesinos tenían que trabajar en medio de los problemas de la Guerra; los reyes trataban de establecer su autoridad política en contra de nobles escandalosos; los pastores religiosos trataban de proteger a sus feligreses en contra de los errores del otro lado; los científicos querían la libertad para explorar el libro de la naturaleza sin reservas. Y todo esto fue en vano.
Las raíces de la teoría moderna de la “crisis”, se pueden encontrar en la reputación que tiene el siglo XVII, acerca de estar plagado de guerras brutales, tumultos religiosos y dislocación económica. Pero el problema con el enfoque general, es que el este siglo no fue más bélico que el siglo XVI o el XVIII; a pesar que la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) fue un complete desastre para muchos de los Estados Germanos. La competencia dinástica y las luchas religiosas convirtieron a Italia y a Alemania en campos de batalla en el siglo XVI, dejándole al siglo XVII la tarea de recoger las piezas. Más aún, uno podría fácilmente argumentar que el siglo XVIII no sólo fue más bélico que el siglo XVII, sino que también inventó la Guerra mundial al exportar conflictos Europeos a otras partes del mundo. Finalmente, la ciencia, que ayudó tanto a cambiar la visión temprana de la modernidad, estaba enraizada profundamente en la especulación filosófica y religiosa del siglo XVI. La química y física modernas en realidad tienen su origen en el siglo XVI, sin importar el número de gentes tan brillantes, como Newton, Huygens, y otros, que hubo después.
No obstante, Europa sí cambio en formas importantes de 1601 a 1700; las estructuras políticas, militares, e intelectuales aparecían mucho más “modernas” al final de este periodo que antes de él. Allí radical una clave para una nueva manera de ver al siglo XVII, porque tanto su gente como su época nos parecen extrañas (en crisis, como estában) precisamente porque muchas partes de Europa se estaba trabajando para encontrar soluciones a problemas que nosotros ya no confrontamos. El siglo XVII resolvió una serie de problemas heredados, incluyendo trifulcas religiosas y dinásticas que pavimentaron el camino para la época que los historiadores celebran, la Ilustración. En este sentido, nuestro entendimiento de la época es reducido por la rareza y la supuesta gloria de su sucesor. Si queremos entender el siglo XVII tenemos que hacer dos cosas. Primero, tenemos que aceptarlo en sus propios términos. Segundo, tenemos que reconocer la tremenda creatividad que inspiró en política, arte, religión, y economía, y lamentablemente en la guerra. El siglo XVII proveyó las respuestas a viejos problemas, y provocó nuevas circunstancias que generaciones futuras tuvieron que confrontar.
Empezaremos con una visión de la política Europea en el siglo XVII, y aquí debemos notar que nuestra visión de lo político es muy diferente a la visión de la gente del siglo XVII. Como ustedes saben de su curso de Historia Universal I, en 1600 Europa estaba dividida a lo largo de líneas religiosas—cada secta clamando verdad absoluta para sí misma. A pesar de que había algo llamado libertad religiosa, esto significaba un poco más que el derecho de emigrar de tu tierra natal con lo que pudieras cargar, si tu conciencia te mandaba a tener creencias heterodoxas. (Prusia y Holanda en el siglo XVII son notables excepciones en este caso, ya que aceptaban inmigrantes de diferentes religiones). Políticamente, esto significaba que los estados que profesaban una fe diferente eran instantáneamente rivales políticos. Socialmente sin embargo, también significó que el estatus de los co-religionarios de uno en tierras extranjeras, también se volvió político. En este sentido no puede haber entendimiento del nacionalismo del siglo XIX, sin tomar en cuenta sus raíces religiosas.
El siglo XVII también heredó las grandes batallas dinásticas de los siglos XV y XVI, de las cuales la más importante fue la batalla entre los Habsburgos y los Valois, y después entre los Habsburgos y los Borbones. Los Habsburgos en España y Austria pusieron a sus respectivos países en un ánimo de guerra constante, durante los siglos XVI y XVII, siempre tratando de derrocar a sus viejos enemigos en Francia. (Discutimos la división entre las dos líneas familiares en el curso pasado.) Los Valois, por su parte, temían ser encerrados por una familia, a pesar de que en verdad las dos líneas de los Habsburgo en España y Austria, respectivamente, no se tenían en gran estima. Así, cuando el Borbón Enrique IV subió al trono en 1594, las rivalidades tradicionales fueron meramente transformadas en un nuevo apellido familiar. La geo-políitica de la situación permaneció igual.
En lo que acabo de decir, la primera cosa que debemos notar es la centralidad de la religión en las rivalidades familiares. Por una parte, los Habsburgos Españoles y austriacos, quienes eran fervientes católicos, veían como una obligación erradicar la herejía. Los Españoles trajeron el Catolicismo al nuevo mundo y trabajaron vigorosamente para extinguir las fes nativas de allí. Los austriacos, por su parte, trataron repetidamente de extinguir el Protestantismo en los estados Germanos del norte. Por su parte, aunque los franceses eran tradicionalmente católicos, también tenían una tradición independiente de Roma, llamada Galicanismo, y además la familia Borbón había sido protestante hasta que Enrique IV se convirtió para acceder al trono Francés. Así las circunstancias francesas hicieron de la cuestión religiosa algo aún más complejo, ya que los gobiernos franceses utilizaron las divisiones religiosas en los estados germanos para avanzar los intereses de la familia Borbón en Europa, al mandar dinero y tropas para ayudar los protestantes germanos en su pelea contra los austriacos. Por esto durante el siglo XVII, los intereses dinásticos y religiosos entraron en conflicto, y esta es otra llave para entender las fuerzas del cambio que entraron en moción durante el siglo XVII.
El levantamiento de intereses dinásticos llama nuestra atención, sin embargo, a problemas más familiares a los ojos modernos. Durante el siglo XVII, nuevos jugadores internacionales entraron a la escena Europea. Primero, los holandeses y suecos se alzaron para ocupar un lugar de prominencia continental, seguidos de los prusianos, los rusos, y los ingleses. En 1609, los holandeses habían ganado su independencia de España, que pronto se convirtió en una gran potencia comercial y colonial. Inglaterra se volvería un jugador crucial en el siglo XVIII, especialmente porque durante la segunda mitad del siglo XVII robó mucho del imperio colonial Holandés. Los prusianos y los rusos fueron importantes porque alteraron la situación estratégica de los austriacos. Ahora Austria tenía que preocuparse de más que tan solo de los franceses en el oeste y de los otomanos en el este.
Todos estos estados desarrollaron administraciones centralizadas que recolectaban dinero y proyectaban poder en pro de los intereses del país. No estamos hablando de un estado todavía—eso tendría que esperar hasta el siglo XVIII. Sin embargo, en el siglo XVII, apareció en Europa el embrión de un sistema burocrático que apoyaba las acciones de un estado unificado—como la guerra. El incremento de la habilidad fiscal del estado creó un problema que plagaría el siglo XVIII, al forzar a los campesinos a pagar impuestos al punto de la inanición. Aquellos estados que manejaron de mejor manera los problemas que produjo el aumento de los impuestos, por ejemplo Inglaterra, prosperaron en el siglo XVIII. En cambio aquellos que fallaron en lidiar con la cuestión, por ejemplo Francia, tuvieron muchos problemas. La apariencia de un aparato estatal temprano también abrió la posibilidad, sin embargo, hacia la resolución de un viejo problema—aquél de las escandalosas noblezas rurales.
A través de los siglos XV y XVI los nobles habían constantemente levantándose en armas en contra de sus reyes cuando les convenía. Esto ocurrió especialmente después de la Reforma, porque el movimiento ofreció una “Verdad” espiritual junto con oportunidades políticas. Talvez Federico el Sabio de Sajonia salvó La Reforma ofreciéndole asilo a Martin Lutero, pero desde el punto de vista del Emperador del Sacro Imperio Romano, éste era un noble recalcitrante. Mucho de lo mismo ocurrió en Francia, mientras nobles protestantes se rebelaron en contra de la corona durante el siglo XVI. Al final sin embargo, mucha de la nobleza francesa perdió—mientras que Federico y sus cohortes principescas ganaron, un resultado que afectó profundamente tanto la historia de Francia como la de Alemania. Francia permaneció políticamente unido y siguió un camino hacia la uniformidad religiosa. En cambio Alemania, que había estado desde hacía mucho políticamente dividida, permaneció así, y las divisiones existentes se volvieron incluso más agudas al involucrarse la religión. No obstante, tanto en las áreas alemanas como en las francesas, así como en otras, durante el siglo XVII los levantamientos de nobles se volvieron una cosa casi enteramente del pasado. Esto fue más que nada porque los nuevos estados de Europa encontraron maneras de seducir a los nobles para que se unieran a la corona. No tan solo los aparatos estatales emergentes proveyeron el poder para mantener a los bulliciosos nobles en línea, pero también proveyeron maneras de comprar a los nobles al darles acceso a los recursos del estado. En estas líneas, Prusia y Francia se volvieron modelos para la pacificación de los nobles.
También hay un cambio amplio pero menos obvio que es sin embargo, de importancia fundamental para entender el siglo XVII. En este periodo, el centro de la economía Europea cambió, moviéndose del norte de Italia, Sajonia, y la Renania, hacia el noroeste, al norte de Francia, los Países Bajos e Inglaterra. Esta nueva situación económica creo una serie de oportunidades, ya que el incremento de la riqueza mercantil eclipsó el poder de las regiones asociadas con la manufactura (Alemania) y aquellas que participaban en el comercio del Mediterráneo. Las ciudades alemanas como Leipzig, Nuremberg, y Augsburg le cedieron el liderazgo en manufactura a Amberes y Amsterdam. Las ciudades del norte de Italia como Venecia y Milán vieron caer su actividad mercantil mientras que la de Londres aumentaba. En un nivel más general, el énfasis de España en la extracción de recursos en el Nuevo Mundo (robo organizado) fue pronto sobrepasado por el énfasis inglés y francés en el comercio no nada más con el Nuevo Mundo, pero también con Asia—aunque este comercio era en realidad, otra forma de robo organizado.
Los cambios económicos de Europa también tuvieron un impacto significante, talvez, en la contribución histórica más gloriosa del siglo XVII: la ciencia. Barcos ingleses, holandeses y franceses plagaron al mundo, trayendo a su vuelta conocimiento geográfico y natural en todas sus formas. Los mapas holandeses guiaban al mundo. Los científicos alemanes y franceses tomaron el liderazgo en astronomía, que alguna vez había sido dirigido por italianos y alemanes. Más importante quizás, los poderes coloniales victoriosos, entre los cuales destacaban Inglaterra y Francia, crearon nuevos lugares para la ciencia, a través de academias reales y la investigación científica. En 1660, los ingleses fundaron la justamente famosa Real Academia de Ciencias. Los franceses fundaron la suya en 1666. Los prusianos siguieron en 1701. Si tomamos un paso atrás, por un momento, podemos ver que el gran Isaac Newton fue, en muchas maneras, un producto de la sociedad comercial que tenía suficiente riqueza para apoyar a la ciencia.
Retornemos ahora al problema más amplio: el siglo XVII es un siglo tanto extraño como familiar para nosotros. A veces parece locamente atrasado, y otras veces penosamente moderno. Primero, el fervor religioso del siglo y sus guerras religiosas parecen extrañas por tres razones. Primero, como hijos de la Ilustración, hemos aprendido a ser escépticos de las aclamaciones de verdad absoluta. Segundo, los europeos modernos subsecuentemente crearon una variedad de nuevas razones para matarse que eran, de hecho, mucho más efectivas en fomentar odio mutuo. Finalmente, la ciencia del siglo XVII era tanto vieja como moderna. En una parte, estaba dedicada a la experimentación en lo que vemos como categorías aceptables como física. Pero por otra parte, también perseguía experimentos en categorías “inaceptables” como la alquimia. Por ejemplo, Newton descubrió la teoría de la gravedad, pero también hizo extensos experimentos alquímicos. Quizás incluso murió de envenenamiento por mercurio. Más aún, en política podemos ver el origen del estado, pero la política diaria de la época parece haber ocurrido en un rango diferente al cual entendemos. Las cortes eran centros de poder, y aquellas cosas como el arte y la religión apoyaban al estado, en vez de subvertirlo. Y aquí hemos llegado a un punto importante: si queremos entender la gente que vivió en esta época, debemos romper con la noción simple del estado-nación. Los reinos y repúblicas del siglo XVII no eran simplemente pre-estados. Su enfoque del poder y la política difería fundamentalmente del que hemos heredado del siglo XVIII.
Aunque el poder estatal se volvió más importante durante este tiempo, los estados nacionales no existían y la política entre las naciones seguía diferentes reglas. Déjenme ilustrar el problema al considerar las características básicas del estado moderno. Primero, el estado mantiene un monopolio en la fuerza. (Algunos estados permiten a su gente utilizar fuerza para defenderse en contra de ataques de individuos privados. Pero ningún estado permite a su gente utilizar fuerza en contra de sus representantes, ni para el castigo privado de crímenes). Segundo, un estado controla sus fronteras. Tercero, todos los ciudadanos de un estado están sujetos a la misma ley, aunque esta ley no siempre se aplica de igual manera.
Los regímenes Europeos de la modernidad temprana, como Richelieu en Francia, trabajaron para alcanzar estos principios, pero la realidad es que en el siglo XVII, la diversidad en las instituciones políticas fue la norma y no la excepción. Alemania, por ejemplo tenía 365 estados separados dentro de un vasto imperio. Algunos de estos estados eran grandes y poderosos, como Sajonia, Bavaria y Austria. Muchos de los otros estados eran pequeños y frágiles, muchas veces con no más de unas cuantas millas. Muy pocos de estos estados tenían fronteras contiguas. El pequeño Ducado de Württemberg en la Alemania suroeste, por ejemplo, consistía en un territorio central alrededor de Stuttgart con una variedad de territorios aislados alrededor de él. Uno podía cruzar múltiples fronteras políticas en un día de carruaje. Más aún, el Sacro Imperio Romano, que se creía que había existido desde el año 800 D.C., era respetado por todos, aunque entendido por casi ninguno. Aunque solo había un emperador, su poder era limitado por la soberanía que los príncipes individuales de Alemania se adjudicaban, que es lo que incidentalmente, salvó a Lutero de ser quemado como un hereje. Además, las instituciones imperiales como la Corte Imperial en Regensburg estaban tan hinchadas y eran tan ineficientes que nunca resolvían nada. (Un famoso caso de la corte fue finalmente resuelto después de más de 200 años de deliberación). De hecho, uno puede decir que el Imperio existía para evitar la resolución de cualquier cosa, ya que había una cantidad de tradiciones y derechos que estaban en contradicción unos con otros. Era por lo tanto, imposible solamente cambiar una sola cosa, ya que muchos derechos y obligaciones estaban fusionados.
Incluso una famosa nación “centralizada” como Francia estaba plagada de una desconcertante variedad de excepciones y privilegios. El Reino Francés originado en el siglo X alrededor de Paris, creció continuamente en el Medioevo a través de la adquisición de nuevos territorios, a veces a través del matrimonio, la herencia, o incluso de la guerra. Diferentes regiones se volvieron parte de la corona Francesa a través de diferentes formas, y muchas de ellas retuvieron privilegios especiales que impidieron que el Rey las tratara como iguales. Algunas, por instancia, estaban sujetas directamente a la voluntad del Rey y éste podía recoger impuestos allí (pays d’état). Las otras se habían unido a la corona con sus privilegios de impuesto intactos, y no se podían recolectar impuestos allí sin permiso (pays d’élection). Un resultado importante de esta diversidad administrativa y política fue que todas las identidades eran primordialmente locales: la gente de los bretones primero y franceses después, o prusianos en vez de alemanes. Además Francia no era un estado contiguo. Por ejemplo, en el siglo XVII Francia sólo controlaba ciertas partes de Alsacia. Muchas regiones seguían sujetas a príncipes Germanos, y la gran ciudad de Estrasburgo era independiente y en su mayoría de habla alemana. Encima, la iglesia poseía a Avignon como un territorio extranjero. Éste estaba situado completamente dentro de los límites franceses. Esta situación revoltosa no cambiaría en Francia hasta la Revolución Francesa. Alemania a penas empezaría a cambiar durante la Era de Napoleón, y este proceso no finalizaría sino hasta el final del asenso de Bismarck a la prominencia.
España del siglo XVII nos da otro ejemplo interesante de la difusión general del poder, porque no era un reino sino más bien una unión de reinados. Aunque el matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla en 1492 unió a las dos distintas coronas dentro de una misma línea familiar, las dos regiones fueron manejadas y sus impuestos cobrados independientemente. De hecho, Aragón logró evitar pagar los fuertes impuestos que plagaban Castilla, ya que los nobles locales tenían el privilegio de aprobar los impuestos, que hacían raramente, en el mejor de los casos. Como resultado, Castilla no nada más cargó con el mayor peso fiscal del Imperio, si no también sufrió la ruina económica en el largo plazo. Portugal fue unido con la corona Española en 1580, pero aquí los problemas eran incluso más serios que en Aragón, y los portugueses sacaron a los españoles en la primera oportunidad, en 1640. Por lo tanto, generalmente todas las partes de España trataban de mantener sus privilegios respectivos en contra lo que se veía como una monarquía centralizadora, y esta es una de las mayores razones por la cual España se quedó atrás de Francia e Inglaterra en el juego de la política de poder durante los siglos diecisiete y dieciocho.
Con este amplio panorama general estamos en una mejor posición para considerar algunos de los temas que veremos en el resto de esta clase. La principal característica política de la Europa del siglo XVII fue la difusión del poder a través del sistema. Esto era un resto de la difusión medieval del poder que comenzó con la disolución del Imperio Romano. Al mismo tiempo que el poder se fue de las ciudades Romanas, incluyendo aquellas que se localizan en lo que hoy es Francia, Alemania e Inglaterra, hacia el campo Europeo, donde las familias nobles desarrollaron bases independientes y rurales, que les daban el control sobre grandes territorios y la gente que vivía en ellos. A partir del siglo XVII muchas de las elites rurales mantenían algún tipo de control administrativo local, fuera legal, fiscal, o de otras materias. La clave para el entendimiento del estado moderno es, en consecuencia, reconocer que estas bases independientes de poder fueron lentamente e imperfectamente co-optadas en lo que hoy es el estado moderno. Los privilegios locales y los deberes a la corona se volvieron inextricables. De hecho, algunos vínculos locales eran más fuertes que los del gobierno real. Incluso en el siglo XVIII un lor local podía tener más control sobre gente en sus tierras, que lo que el Rey tenía sobre ese mismo Lor. Como resultado de esta difusión, Europa desarrolló una cultura general de deferencia y dependencia. Algunas gentes utilizaban su jerarquía social para aumentar su influencia o para pelear con otros que se encontraban arriba de ellos. Los Nobles utilizaban elogios para ganarse los favores reales. Los campesinos pudieron haber tratado de hacer lo mismo, pero probablemente eran más adeptos en evitar la atención que en ganársela.
De todos modos, durante el siglo XVII y XVIII, en todos lados se volvió un asunto central cómo acceder a los flujos reales de dinero o a los privilegios especiales, que realmente eran lo mismo. En Francia por instancia, la nobleza tenía el privilegio de estar exenta de impuestos, lo que significaba que la gente más rica de Europa no pagaba impuestos al Rey. Pero los nobles aún necesitaban ingresos, que podían venir en forma de pensión, una posición lucrativa de recolector de impuestos, o incluso un monopolio en alguna materia económica. Por esto el estado emergente y la nobleza cooperaron para incrementar el poder centralizado. Además, en conjunción con esta búsqueda de privilegios, no había ningún sentido universal del “Hombre”. Para aquellos nacidos en el siglo XVII, haber nacido dentro de una clase era la manera normal de hacer las cosas. Los artesanos de la ciudad trataban de proteger su control del mercado local, los nobles querían proteger sus privilegios, la iglesia quería mantener el control de la educación, etc. Lo que unía a la gente de varias clases no era la nación o los derechos universales, sino una religión común y la sujeción común a un Rey.
El papel del Rey como un centro de poder político e icono cultural hizo de las cortes reales el enfoque del poder. El Rey dispensaba favores, y como sólo podía ser encontrado en las cortes, sólo aquellos que lo cortejaban podían obtener sus favores. En general, uno tenía que ser visto para poder ganarse los beneficios reales, lo que significaba pasar una gran cantidad de tiempo en un castillo esperando ser visto por el Rey. Luis XIV una vez replicó a un cortesano que mencionó el deseo de un noble para un beneficio especial, “No lo he visto.” En este sentido, aunque vemos a Versalles solamente como un palacio de placer, era en realidad, una parte fundamental de la gobernanza diaria. Si hacemos todas las ineficacias y estupideces a un lado, Versalles era poder en el siglo XVII.
Luis XIV también llama la atención a una cuestión central en la Europa del siglo XVII, y eso al desarrollo de formas de representación pública. En este periodo, el poder estuvo representado y constituido por símbolos. Pinturas del Rey, el uso de la imagen del Rey en las monedas, la construcción de castillos y residencias, eran todas partes de lo que consideraríamos como una campaña de propaganda. La autoridad del Rey estaba determinada por su presencia, tanto real como imaginada. Puesto de otro modo, el rey tenía que ser visto por su gente, tanto como él tenía que verla.
A todo esto tenemos que añadir el significado continuo de la religión. La Reforma había dividido a Europa en diferentes líneas confesionales, dejando en el continente montones de creyentes fervientes, cada uno clamando acceso especial a la Verdad. Así es como el aparato estatal se expandió, sin embargo, lo que significó que la religión pasó a estar incluso más asociada con la autoridad real. En el siglo XVI, los príncipes Europeos clamaron libertad religiosa solo para ellos mismos. La decisión de convertirse al Luteranismo, Catolicismo, o Calvinismo, no era de los sujetos, sino del rey. Por esto, a partir del siglo XVI, aquellos que adoraban su fe de diferente forma que la del rey se volvían enemigos del estado. Esta tendencia representa un cambio fundamental en cómo los primeros modernos entendían la herejía. Los herejes no eran simplemente no-conformistas religiosos cuya presencia amenazaba las almas de los integrantes de la comunidad; ahora, también eran traidores. A medida que el estado moderno se volvió más adepto en encontrar estos traidores, las inquisiciones medievales o del renacimiento se fueron sintiendo ligeras a comparación.
Ahora voy a intentar resumir los puntos generales involucrados. Primero, el siglo XVII estuvo marcado por una tendencia hacia la centralización, pero dentro del contexto de un sistema muy viejo de difusión del poder. Aquellos estados que estaban centralizados más efectivamente se volvieron los poderes más fuertes del siglo XVIII. Segundo, mientras que la autoridad real creció, también creció el interés real en el engrandecimiento. Los Príncipes querían convertirse en Condes. Los Duques querían ser Reyes. Los Reyes querían ser emperadores. Entonces claro, todas estas gentes querían las tierras del vecino. Así, el siglo XVII abre nuestra visión a un nuevo estado depredador que buscaba poder y gloria a través del conflicto. Luis XVI por ejemplo, atacó a los holandeses en la segunda mitad del siglo XVII en gran parte por el desprecio que le tenía a las formas burguesas. Finalmente, y concomitantemente, ahora los estados más grandes tenían que verse con envidia, independientemente de su afiliación religiosa. Por ejemplo, si los Habsburgos ganaban mucho territorio de los otomanos, podían convertirse en demasiado poderosos para los franceses. Por eso era necesario para los franceses en ocasiones, hacer causa común con los musulmanes, incluso si la parte afectada era cristiana. (Lo mismo puede ser dicho del apoyo de Richelieu en contra de los estados Protestantes Germanos en contra de los Habsburgos en la Guerra de Treinta Años). Todo esto hace del siglo XVII una era no tan solo de crisis si no de enorme creatividad. Alguna de esta creatividad era buena; mucha de ella era mala. De todos modos, nada de esto justifica el concepto de “crisis”.