jueves, 31 de enero de 2008

Sesión 10: El liberalismo

El liberalismo es la respuesta ideológica de la revolución francesa más ampliamente difundida. Su principal virtud era reconciliar tanto a la revolución industrial como a la francesa en un solo enfoque. El liberalismo enfatizaba tanto la libertad económica como política. Por la parte económica abogaba por un gobierno limitado que permitiera que las personas se involucraran libremente en la actividad económica. El término para describir esta posición era laissez-faire. Por la parte política, enfatizaba las libertades civiles que originalmente habían sido parte de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Por tanto, los liberales podían reclamar que su ideología se ajustaba a las condiciones históricas recientes. No estaban en contra de los cambios políticos o económicos recientes; simplemente eran realistas en un mundo cambiante. Por esto, los liberales se distinguían de una gran cantidad de enemigos, como los conservadores que querían regresar al antiguo régimen, los revolucionarios intransigentes que querían el terror político, y un grupo emergente de críticos sociales que hoy llamamos marxistas. Hablaremos sobre los marxistas la próxima sesión.
El término liberalismo surgió en el siglo diecinueve. Se derivó de la palabra latina liberalis o “relativo al hombre libre” y fue una reacción a lo que muchos liberales veían como excesos revolucionarios. (La naturaleza genérica del liberalismo se mantuvo durante el siglo diecinueve, pues los liberales generalmente no incluían a las mujeres en su visión del mundo). No obstante, los liberales sí profesaban un aumento en la autonomía individual. Para ellos, la expansión de la autonomía no podría venir por medio del cataclismo de la revolución. Los liberales contrapesaban tanto a los conseradores como a los revolucionarios con un énfasis en la idea del progreso. Para los liberales, todo cambio en el sistema político y económico tenía que ser predecible y controlable, y es por ello por lo que enfatizaban las constituciones y los procedimientos. Por tanto, el liberalismo trataba de canalizar las fuerzas del cambio por medio de procesos legales que mejoraran las malas condiciones sin ceder el poder a las masas populares.
El miedo a las masas es lo que hace que el liberalismo rompa con gran parte de la ilustración. Como Burke, a los liberales no les gustaba la inclinación de la ilustración hacia las abstracciones. Se oponían a cualquier doctrina amplia de los derechos naturales, pues las veían como políticamente peligrosas. Tomaron un enfoque pragmático pues creían que los derechos eran una evolución histórica, como había dicho Burke. Para los liberales, lo importante era asegurarse de que la evolución continuara y fuera suave y predecible. Este énfasis en el cambio procedimental se originó en dos creencias. La primera era que la gente libre generalmente son mejores personas. La segunda es que incluso la mejor gente cede ante las pasiones. Por tanto, la manera para hacer que la gente fuera libre sin llegar al caos era tener claro procedimientos constitucionales que permitieran un cambio moderado. En esencia, los liberales creían que el fin de una mayor libertad no podía ser separado de los medios utilizados para ganar dicho incremento en la libertad. Éste era el único camino para que los espectros gemelos de la reacción conservadora y del exceso revolucionario pudieran ser evitados.
Durante el siglo diecinueve hubo dos centros del pensamiento liberal: Gran Bretaña y Francia. Hubo otros liberalismos en Europa, especialmente en Alemania, pero estos debates le deben mucho a Francia y Gran Bretaña y políticamente fueron más débiles. No obstante, aunque los liberalismos británico y francés eran parecidos en sus ideas básicas, cada uno tuvo orígenes diferentes. El liberalismo británico se derivó de la tradición ilustrada del utilitarismo. Esta corriente de pensamiento enfatizaba la aplicación de la razón a problemas sociales y políticos. El énfasis en la razón se combinó con una larga tradición de parlamentarismo para hacer política pública, fundamentalmente para la creación de leyes racionales. Por tanto, durante el siglo diecinueve, los liberales británicos lucharon por mejores leyes. En contraste, la tradición francesa se originó en las fallas de la revolución y la restauración posnapoleónica. Los liberales franceses creían que Francia necesitaba mejorar las estructuras estatales. Por tanto, los pensadores franceses enfatizaron el diseño de un Estado mejor y más liberal, haciendo a un lado el problema de las leyes individuales. Veremos cómo esta diferencia de énfasis hizo que los liberalismos británico y francés tomaran diferentes caminos.
Comenzaré con la tradición británica. Analicemos a Jeremy Bentham (1748-1832), el último gran teórico de la ilustración. En 1789, Bentham publicó Introducción a los Principios de la Legislación Moral. En este libro, Bentham sentó de hecho las bases para un mapa del camino para todo el liberalismo futuro. Bentham creía en el poder de la razón para realizar cambios. Por tanto, argumentaba que la gente necesitaba aplicar la razón a todos los problemas sociales y políticos, con el fin de reformar tanto al Estado como a la sociedad en líneas más racionales. ¿Cómo uno puede juzgar si una política es racional? Bentham sostenía que la gente debe apelar a un principio en política: el mayor bien para el mayor número de personas. Esto significaba romper con una larga tradición corporativa que equilibraba el choque entre sí de los intereses de los diferentes órdenes. Quien era feliz tradicionalmente le importaba muy poco, especialmente si la gente infeliz eran también campesinos.
Este era un enfoque intelectual poderoso. Para Bentham, la mejor política era aquella que permitía a la mayor cantidad de gente seguir su propio interés. Este enfoque tuvo dos efectos. Primero, debilitó las concepciones tradicionales del privilegio social. Si a la gente se le permitía seguir su propio interés, también debían ser liberados de leyes arbitrarias. Segundo, este enfoque también atacó la creencia ilustrada del derecho natural. El propio interés se originó en las condiciones dadas de una sociedad; no es una abstracción que está sujeta a interpretaciones múltiples. Esto llevó a lo que Bentham llamó felicific calculus, o el cálculo de los placeres y daños. Bentham pensaba que el Sumo Bien podría ser determinado al ponderar los placeres contra los daños. Aquello que trajera el mayor placer y el menor daño al mayor número de personas era la mejor política. Deben notar que la idea completamente debilita la política romántica. Sopesar los placeres y los daños no era en sus orígenes un proceso emocional pero tampoco daba lugar a la tradición o a la jerarquía.
Por tanto, Bentham sostenía que las leyes deben darle a las personas la libertad para obtener su propio interés. Esto significaba que el mejor sistema político era aquel que se basaba en el sufragio universal masculino y libertad de prensa. Las ideas debían fluir libremente si las personas debían decidir lo que era su propio interés. Con ese fin, Bentham quería expandir el sufragio y terminar la censura. Estos pilares gemelos del pensamiento de Bentham se convirtieron en el fundamento del liberalismo británico del siglo diecinueve. Dos de los más famosos seguidores de Bentham son el economista James Mill y su hijo John Stuart Mill. James Mill hizo más que cualquiera para difundir las ideas de Bentham. Era un escritor prominente y se oponía tanto a la revolución francesa como al romanticismo. Sus más famosas obras incluyen un artículo titulado “Gobierno” que apareció en las primeras ediciones de la Encyclopaedia Britannica y su libro Elementos de Economía Política (1821). El artículo “Gobierno” fue particularmente importante porque proveyó el sustento filosófico para la primera gran reforma del sistema electoral del siglo diecinueve en Gran Bretaña, con la ley de reforma de 1832. Una serie de reformas seguirían a esta, y en 1928 cada británico que tuviera veintiún años tendría el derecho a votar.
Aunque tenía una relación difícil con su padre, John Stuart Mill se unió a la causa liberal. Sin embargo, Mill fue más lejos que su padre al considerar la naturaleza y los fundamentos de la sociedad. Fue un pensador multifacético pero su contribución más importante fue en la economía política y en la filosofía política. Durante la década de 1840 publicó una serie de obras sobre economía política en la que consideró si las relaciones de propiedad eran en sí un problema para la sociedad. Mill estudió cuidadosamente la literatura socialista emergente y, aunque no era un socialista, sí creía que la política necesitaba dar soluciones a lo que llamaba “cuestiones sociales” antes de que el descontento hiciera imposible la forma racional de la política. Sin embargo, su obra más famosa, que leerán para esta clase, es Sobre la libertad. Publicada en 1859, este texto es la piedra angular de toda la subsecuente argumentación liberal sobre la libertad de pensamiento. En el contexto que he descrito acerca del utilitarismo, es notable por dos razones. Primero, sostiene como una creencia absoluta al sumo bien de la libertad de expresión. Aun si algunos utilicen mal su libertad, en general más bien que mal se obtiene de un debate libre. Segundo, es terriblemente elitista. Una de las principales preocupaciones del texto es argumentar que los librepensadores necesitan evitar la presión social. Considerando que a los pensadores previos les había importado la censura estatal, a Mill le preocupaba la censura que los no informados o los no letrados pudieran practicar. Deben tener estas cosas en cuenta mientras leen el texto.
Ahora, analicemos la escuela francesa del liberalismo. Como mencioné antes, los pensadores franceses no estaban interesados en cómo pasar más leyes racionales, lo que querían era entender cómo crear estructuras políticas estables. Empezaré analizando los indicios de este tema con Benjamín Constant (1767-1830). Nacido en Lausana, Constant era francosuizo, y su padre era un oficial menor al servicio del Estado holandés. Constant viajó ampliamente durante su juventud y también estudió en Alemania, Inglaterra y Escocia. Durante la década de 1790 fue partidario de la revolución francesa, pero después se unió al gobierno napoleónico. Pronto se desilusionó del autoritarismo de Napoleón y dejó Francia para vivir en el exilio en Ginebra.
Constant creía, por sobre todas las cosas, en la libertad individual. En este sentido, estaba fuertemente influenciado por los románticos alemanes. Durante algún tiempo estuvo en Weimar donde conoció a Goethe y a Schiller, y se convirtió en amigo de Friedrich y August Schlegel. También tuvo una larga relación con la descubridora francesa del romanticismo alemán: Madame de Staël. Al haber analizado tanto al periodo revolucionario como al napoleónico, Constant concluyó que Francia necesitaba un sistema estatal que protegiera la libertad individual. Desde su punto de vista, las masas podrían ser una fuerza peligrosa, lo que significaba que un Estado era necesario para mantener la libertad dentro de ciertos límites. Pero Constant también estuvo desilusionado por la restauración borbónica de 1815. El comportamiento de Luis XVIII (dieciocho) mostró que si un rey tenía poder absoluto, la libertad personal también podría ser destruida. Constant favorecía una monarquía constitucional que equilibrara los poderes ejecutivo y legislativo franceses y favorecía también garantías constitucionales estrictas para la libertad personal, como la libertad de prensa y de culto.
Las ideas de Constant se convirtieron en el fundamento del liberalismo francés entre 1815 y 1830. Cuando la revolución llegó en 1830, la gente demandó el tipo de Estado que Constant y sus aliados liberales habían planeado. Parece justo a la medida que Constant hubiera muerto en 1830, exactamente cuando sus ideas triunfaban. Los seguidores de Constant establecieron un gobierno constitucional que fue llamado Monarquía de Julio (En próximas sesiones hablaré más acerca de ella). Bajo la nueva constitución, Francia tendría un monarca constitucional y una Cámara de Diputados muy activa. Desafortunadamente para los liberales, la Cámara de Diputados fue percibida como muy elitista debido al requisito de propiedad para poder votar. Durante las siguientes dos décadas, la Constitución de 1830 se volvió cada vez menos popular, pues más segmentos de la sociedad francesa demandaban el derecho al voto. Eventualmente, esto llevó a otra revolución en 1848, que estableció a la Segunda República Francesa y expandió el sufragio muy ampliamente. Con cada revolución, los liberales franceses creían que Francia se acercaba a la libertad. Sin embargo, el problema con su proceso era que cada nuevo régimen debía legitimarse nuevamente, lo que alentaba a los oponentes del gobierno a dedicarse a criticar de manera más radical.
La inestabilidad de la política francesa entre 1815 y 1848 llevó al surgimiento de otra crítica liberal de Alexis de Tocqueville. Tocqueville sospechaba de los cambios políticos al sostener que Francia se enfrentaba a un nuevo problema: el estado liberal se estaba convirtiendo en una democracia. A Tocqueville le disgustaba la democracia porque pensaba que el anhelo de igualdad, que había caracterizado la política francesa desde 1789, ponía en peligro la libertad. En una democracia, la mayoría siempre supera al individuo.
No es accidente, por supuesto, que Tocqueville fuera un aristócrata. Tenía cierta nostalgia por la vida aristocrática. Pero también se dió cuenta que el ancién regime se había ido para bien. Sus famosos viajes por Estados Unidos lo habían convencido de este hecho, y publicó sus ideas en su obra clásica La democracia en América. Tocqueville percibió a Estados Unidos como una vanguardia para el futuro, porque sufría de la tendencia niveladora que afligía a su país pero también porque era estable. Esto significaba que Estados Unidos podría sobrevivir pero también mostraba cómo la democracia era acechada por la tiranía de la mayoría. La democracia desalentaba el comportamiento excéntrico y necesitaba que las personas se ajustaran. Tocqueville concluyó que la democracia era más igualitaria pero también menos libre que los régimenes democráticos. Por tanto, la verdadera pregunta para los liberales era cómo mantener la libertad dentro de la democracia.
Para encontrar una respuesta a esta pregunta, Tocqueville volteó a la aristocracia. Según él, los aristócratas tenían la libertad para ser poco usuales porque tenían tradiciones familiares que los defendían de la presión social. Por tanto, para Tocqueville la llave de la libertad era mantener a los grupos intermedios que protegían al individuo de los gobiernos electos democráticamente. Desde el punto de vista de Tocqueville, el liberalismo no podría sobrevivir sin este tipo de salvaguardas y que en Estados Unidos dichos grupos intermedios se conformaban por las diferentes religiones. El problema para Europa era que la iglesia y la aristocracia se habían ido. Por tanto, los europeos necesitaban crear instituciones secundarias que protegieran la libertad. Este es un eco del disgusto liberal generalizado por las abstracciones. Tocqueville quería encontrar organizaciones intermedias en la vida diaria, no en doctrinas amplias. Esto es especialmente importante para él pues otro Napoleón entró en escena en 1848. Napoleón III (tercero), el sobrino del gran general, usó el nombre de su tío en un intento para ganar poder en Francia. En última instancia, Napoleón III ganó y Francia renunció a su constitución liberal a cambio de otro imperio.
Este es el contexto que necesitamos para entender a Tocqueville. Él sabía que el antiguo régimen se había ido pero también reconocía que otros peligros contra la libertad se habían presentado, como la democracia y la tiranía. La clave era, por tanto, buscar tradiciones que todavía funcionaran y usarlas en contra de estos nuevos peligros. Este sistema casi nunca funcionó en Francia pero las ideas de Tocqueville siguen siendo muy influyentes. Él junto con otros liberales que he discutido continúan siendo importantes para entender la política actual.