jueves, 31 de enero de 2008

Sesión 2: La Ilustración y la Revolución

El 4 de julio de 1776, un grupo de gente reunida en Filadelfia hizo público uno de los documentos más importantes de la historia mundial. Este documento se conoce como la Declaración de Independencia y en sus primeras frases afirma:
Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a esa separación.
Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad.
Estoy seguro que han escuchado estas palabras antes. Pero, ¿cuántos de ustedes se han detenido a pensar lo tontas que son? Si ahora miran alrededor del mundo, se hace evidente que no todos fuimos creados iguales. Algunas personas son más inteligentes que otras, algunas más deportistas, algunas más guapas, algunas más trabajadoras. ¿Qué hay con la noción de derechos concedidos por Dios? Les he dado una copia de la declaración y la firma de Dios no aparece en ninguna parte.
Este texto parece ridículo si no tomamos en cuenta la fecha en la que fue escrito. En el momento en el que las colonias inglesas en América declararon su independencia, no existía una sola democracia en el mundo. Había algunas ciudades-estado que tenían rasgos democráticos en Alemania, Suiza e Italia pero en el siglo XVIII la mayoría habían degenerado en oligarquías. Si miramos alrededor de Europa había reyes por donde quiera, en lugares como Dinamarca, Suecia, Rusia y Francia. En Inglaterra, el parlamento era poderoso, pero la monarquía era la institución política principal. Si miramos en otras áreas como África o Asia durante el mismo periodo lo único que vemos son líderes hereditarios no elegidos. Es más, en México, Centro y Sudamérica la monarquía española era dominante. En general, la monarquía no era cuestionada en 1776.
Esto parece una imagen muy severa, y desde nuestro punto de vista moderno lo es. Si fuera posible viajar en el tiempo y preguntarle a una persona “promedio” cuál forma de gobierno piensa que es la mejor, seguramente los miraría con desconcierto y les daría respuestas muy simples. Por supuesto, la gente debe vivir bajo el gobierno de reyes. Siempre ha sido de esa forma. Es más, la gente no tiene derechos sino privilegios que están asociados con su nacimiento y posición social. ¿Cuál sería el objeto de cambiar estas cosas? Lo que estoy describiendo aquí son acuerdos sociales, políticos e intelectuales que la gente del siglo dieciocho llamaban ancien régime, o antiguo régimen. Este término es útil para entender dos cosas. Primero, las ideas expresadas en la de Declaración de Independencia de Estados Unidos y en la Declaración de los Derechos del Hombre en Francia cambiaron la manera en la que la gente concebía al gobierno y sus relaciones con el pueblo. Segundo, la revolución estadounidense y la revolución francesa cambiaron la manera de ver el pasado. El ancien régime era viejo. Al mirar al pasado desde la perspectiva de las revoluciones estadounidense y francesa, la gente empezó a ver el viejo orden como algo caduco. La gente moderna estaba del otro lado de una división infranqueable. Vayamos ahora a esa división y consideremos la organización del antiguo régimen. Utilizaremos a Francia como modelo.
Antes de la revolución de 1789, Francia estaba dividida en tres órdenes o estamentos: la nobleza, llamada el primer estado; el clero, el segundo estado; y el resto de la gente, el tercer estado. Arriba de los tres se encontraba el rey. El sistema de gobierno francés estaba basado en un equilibrio teórico entre los varios estados. El cuerpo legislativo francés, llamado estados generales, daba a cada estamento un voto. La nobleza y el clero usualmente votaban de manera conjunta, lo que significaba que el tercer estado rara vez tenía algo que decir en cualquier asunto. El 99% de la población pertenecía al tercer estado por lo que la Francia prerrevolucionaria difícilmente calificaría como una democracia. Es más, como los intereses del rey estaban, por lo general, ligados a los de la nobleza y el clero, en el mejor de los casos los intereses del tercer estado rara vez eran defendidos.
Añadan ahora a este sistema la abrupta inercia de la tradición y la historia. En 1787, el año en que la Constitución de Estados Unidos fue escrita, los franceses podrían mirar (en teoría) ochocientos años de monarquía (Los primeros monarcas franceses, los Capeto, fueron coronados en 987). Por lo tanto, si en 1776 un francés “promedio” era monarquista, se debía a que cualquier otra forma de gobierno era inconcebible.
Los hombres –y eran exclusivamente hombres- los hombres que escribieron la Declaración de Independencia son héroes para muchas personas en la actualidad, particularmente para los estadounidenses. Sin embargo, eran renegados de las tradiciones aceptadas en el mundo de aquel entonces. El que hayamos aceptado varias de sus ideas acerca de la necesidad de los ciudadanos de tener derechos básicos frente a sus gobiernos no cambia el hecho de que muy pocas personas los habrían aceptado en aquel entonces. Lo que quiero que entiendan es que la Declaración de Independencia es un mito moderno- uno glorioso, por supuesto- pero un mito, no obstante. La visión estadounidense del gobierno del pueblo y por el pueblo fue construida. Fue creada por el pueblo buscando su mejor interés. Las ideas en el texto y los supuestos que contiene acerca de la naturaleza de Dios y del hombre, son producto de un tiempo y lugar en particulares. En la medida en la que avancemos en esta clase, necesitarán recordar esto. Las personas a quienes estaremos estudiando durante este semestre son personajes de su tiempo; sus ideas están enraizadas en sus experiencias, y la experiencia central que quiero remarcar para la Declaración es el movimiento conocido como Ilustración.
La Ilustración fue un movimiento amplio del siglo dieciocho. Apareció en varios países como Inglaterra, Francia, Países Bajos, Alemania, Italia, Dinamarca, Suecia, Rusia, Suiza y las colonias inglesas en Norteamérica. Si queremos caracterizarlas de manera más amplia, podemos decir que tuvo dos creencias principales compartidas. Primero, la Ilustración creía en el poder de la razón. Dios le había dado la razón al ser humano, lo que significaba que la gente no solamente tenía el derecho sino el deber de ejercitar sus mentes y hacer juicios críticos del mundo que le rodeaba. Por ejemplo, en 1781 el filósofo alemán Emmanuel Kant escribió en Crítica a la Razón Pura: “Nuestro tiempo es, de manera especial, la época de la crítica, y ante la crítica todo debemos someter”.
Segundo, la Ilustración creía fervientemente en el progreso. Si miramos al pasado medieval desde su gloriosa época, los hombres del siglo dieciocho criticaban su distancia y separación del pasado. Las ciudades europeas eran más ricas y mejores. Existía una vida social más animada debido a que los salones, cafeterías y clubes sociales florecían por doquier. La gente era más educada y refinada. La educación no era únicamente privilegio de la nobleza adinerada. Y en cuanto a la religión, la gente apenas se liberaba de los miles de años de superstición cristiana. Así es como el philosophe, el término en francés para un miembro de la Ilustración, percibía las cosas. El gran francés de la Ilustración, Voltaire, atacaba la religión con su famosa frase écrasez l’infame o destruyan lo infame, término con que se refería a la Iglesia. Para los hombres de la Ilustración, existía un dios, pero nunca hizo algo tan disparatado como mandar a su hijo para ser crucificado, prohibir a los judíos la carne de puerco o enviar al arcángel Gabriel para hablar con Mahoma.
El dios de la Ilustración era un arquitecto maestro, un creador benevolente, racional del universo sorprendente y maravilloso en el que se encontraba el hombre. Dios le había dado la razón y por ello el hombre debía usarla para comprender los misterios y glorias de este mundo divino.
Hasta el momento he hablado de la Ilustración en términos amplios. Ahora quiero localizarla específicamente en tiempo y lugar. La Ilustración no era sólo un movimiento del siglo dieciocho, sus raíces van más allá del siglo diecisiete, y se extendió a varios países. Sin embargo, para nuestros propósitos diremos que la Ilustración comenzó en Inglaterra con la publicación de dos obras muy importantes. La primera es la obra de Isaac Newton titulada Principia Matemática que apareció en 1687. La segunda es la obra de John Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, aparecida en 1690.
¿Por qué estos libros son tan importantes? Los Principia ofrecían una manera totalmente nueva de comprender al universo. La ley de Newton sobre la gravitación universal no sólo explicaba cómo se movían los planetas sino que también permitía hacer predicciones sobre su comportamiento futuro. Por ejemplo, al utilizar los métodos de Newton, los científicos podían predecir con un grado relativo de certidumbre dónde estarían ubicados los planetas, y podían explicar cómo interactuaban.
Por otra parte, el libro de Locke daba una explicación completamente física sobre el conocimiento humano. Para Locke, todo el conocimiento comenzaba en los sentidos, y las ideas humanas estaban basadas en la adquisición y contemplación de la experiencia sensible. Esto era importante porque separaba a la mente humana de Dios. Los seres humanos no obtenían su conocimiento directamente de su creador pero dentro del mundo que él había hecho para ellos. Por lo anterior, tanto Newton como Locke justificaban el sentido de independencia de Dios y de la tradición humana. Si la razón humana podía descifrar las leyes del universo, entonces también podía decirnos cómo organizar a las sociedades y a lo mejor también a los gobiernos. Esta era una concepción completamente nueva sobre la autoridad y tendría efectos importantes en el pensamiento del siglo dieciocho, en la medida en la que el Newtonianismo se expandía por el continente y se encendían más debates e investigaciones durante todo ese siglo.
Una vez que localizamos los orígenes de la Ilustración en el tiempo, consideremos dónde se encontraría en la sociedad europea. De manera más simple, la Ilustración se enraizó en dos descubrimientos: el surgimiento de la imprenta y el desarrollo de la sociabilidad. Primero, la imprenta. Ya hemos visto en Newton y Locke que los libros eran desarrollos culturales importantes en el siglo diecisiete. Desde 1650 y en adelante se desarrolló un gran mercado de libros y revistas periódicas a lo largo de Europa, en la medida en la que la gente empezó a demandar diferentes formas de entretenimiento. Teniendo la Biblia y el catecismo en el estante no era suficiente. Esto se debió en parte al incremento de la riqueza europea; algunas personas tenían ahora suficiente dinero para comprar más de un libro, o incluso para suscribirse a un periódico o revista. Los libros y revistas periódicas podían, y de hecho lo hicieron, viajar lejos y a lo largo de Europa, influenciando mentes en lugares que hubieran permanecido aislados sin la imprenta. Un clásico ejemplo de este evento es Emmanuel Kant, quien era profesor de filosofía en la Universidad de Königsberg, una pequeña ciudad en el Báltico en lo que en ese entonces era Prusia Oriental (Ahora se llama Kaliningrado y es parte de Rusia). Kant recibió casi todas sus noticias de un vendedor de libros local y visitaba la tienda del vendedor una vez a la semana para estar al tanto de las novedades.
Es importante tener en cuenta que la imprenta era solamente una manera en que las ideas se movían alrededor de Europa en aquel entonces. Importante también es el incremento en lo que hoy llamamos sociabilidad. A lo largo de Europa, la gente comenzó a asociarse de formas y maneras nuevas. Por ejemplo, las cafeterías y clubes de lectura comenzaron a aparecer en Inglaterra hacia finales del siglo diecisiete y después se expandieron hacia el Este. Aquí, la gente leía las noticias o libros nuevos, bebían café y platicaban sobre lo que pensaban, en especial sobre religión y política. Un comentarista inglés ya en el siglo diecisiete observaba que “El café crea políticos”.
Para finales del siglo diecisiete las cafeterías se habían esparcido por toda Inglaterra y Escocia y estaban moviéndose hacia el continente. No obstante, había otras formas de conocer personas y platicar con ellos acerca de política y literatura. En Francia y Alemania, dos formas de asociación fueron especialmente importantes: el salón y la logia francmasónica. Los salones eran administrados generalmente por mujeres adineradas fuera de sus hogares. Un ejemplo famoso fue Louise Épinay, conocida como Madame d’Épinay, quien abrió un salón literario muy famoso cuyos visitantes incluyen a personalidades como Denis Diderot, Friedrich de Grimm y Jean-Jacques Rousseau. En general, la anfitriona invitaba a gente para discutir los últimos temas en un ambiente relativamente libre. Esto fomentaba plática y crítica constante, aunque sólo alguna parte debía ser tomada de en cuenta de manera seria. El abate Galiani, un italiano que vivía en París y miembro del círculo de Madame d’Épinay es un ejemplo perfecto. En tan sólo una conversación podía denigrar a la poesía contemporánea, comentar sobre teoría militar y atacar a los jesuitas, y le sobraba tiempo para criticar a la cantante local, Sophie Arnould, por tener el asma más fino que él hubiera podido tener. Alguna vez describió a su jefe, el embajador napolitano, como tonto y flojo, y pensaba que era una ventaja porque tener un embajador tonto y vigoroso podría ser un desastre.
Las logias francmasónicas eran más cerradas que los salones. No admitían mujeres, en contraste a los salones donde las mujeres eran el centro del debate. Estas logias estaban ampliamente diseminadas y muy importantes, puesto que los ricos asistían para discutir sobre política y sobre libros e ideas recientes. Por lo tanto, no era accidente que los líderes revolucionarios en Francia y las colonias inglesas también fueran francmasones.
La presencia de estos nuevos lugares para el esparcimiento resalta dos cosas importantes para comprender la Ilustración y el siglo dieciocho. Primero, la Ilustración se enraizó en una sociedad cada vez más rica. El dinero del comercio europeo y la exploración hicieron posible la creación de una vida social e intelectual más dinámica. Segundo, dentro de este nuevo mundo intelectual las personas, que probablemente no podrían haberse conocido antes, podían platicar como iguales. La sociedad de órdenes o estamentos empezaba a verse como vieja en la medida en la que gente de diferentes estratos podían interactuar independientemente de sus orígenes.
¿Qué significa todo esto? Las ideas básicas que encontramos expresadas en la Declaración de Independencia de Estados Unidos son producto del ambiente económico, social e intelectual del siglo dieciocho. Thomas Jefferson, autor de la Declaración, fue producto de la Ilustración. El interés en la literatura y la filosofía europeas no estaban en segundo plano para nadie en las colonias inglesas. El texto de Thomas Jefferson -un hombre extraordinariamente educado e inteligente quien sin duda, es probablemente el único genio verdadero que fue un líder político en Europa o en Estados Unidos- es una lista sobre sus creencias acerca del mundo. La Declaración de Independencia es una confesión de fe que estuvo basada en esta nueva visión ilustrada del mundo. Jefferson creía en el poder de la razón para cambiar al mundo, y la revolución fue el resultado. La próxima vez discutiremos sobre cómo las ideas ilustradas tuvieron diferentes resultados políticos.