jueves, 31 de enero de 2008

Sesión 12: La revolución permanente: Francia y los orígenes del Estado burgués

Hemos estado discutiendo una serie de abstracciones durante las últimas semanas. Hoy, vamos a regresar a la política y comenzaremos con el problema fundamental para Europa en el siglo diecinueve: ¿qué hacer con los franceses? Al contrario de Inglaterra, Francia era incapaz de evitar una revolución política durante el siglo diecinueve. Entre 1789 y 1989, Francia tuvo cinco repúblicas, tres monarquías y dos imperios. Ahora contrastemos a Francia con Gran Bretaña, cuyo parlamento y monarquía han sobrevivido la revolución francesa, Napoleón, dos guerras mundiales y la pérdida del imperio colonial. Debemos también incluir a Estados Unidos, cuya constitución ha estado en vigor desde 1787, sobreviviendo no sólo una guerra civil sino también la depresión, además de dos guerras mundiales.
La inestabilidad de Francia durante el siglo diecinueve es más desconcertante pues la revolución industrial ofrece pocas explicaciones. La industrialización ocurrió a un ritmo menor en Francia que en cualquier otra parte de Europa, y de hecho, fue menos perjudicial. Durante el siglo diecinueve, el incremento promedio en el producto interno bruto de Gran Bretaña fue casi el doble que el de Francia. Esto no es necesariamente algo malo. Los franceses no necesitaban grandes tasas de crecimiento, pues la población no estaba creciendo tan rápidamente como en otros países. La tasa de natalidad en Francia representaba tan sólo el 60% (sesenta por ciento) del promedio de Europa occidental. Esto significaba que no había tanta presión sobre los recursos agrícolas e industriales, un hecho que se evidenciaba en las notoriamente bajas tasas de emigrantes franceses. Al contrario que los ingleses, los irlandeses, los alemanes, y después los europeos orientales, los franceses tendían a quedarse en su país. Si vamos a encontrar una explicación para el tumultuoso siglo diecinueve francés, debemos buscar en otro lado, esto es, en la política, y especificamente en los legados revolucionario y napoleónico. La historia del siglo diecinueve en Francia es, de muchas formas, la historia de la incapacidad para distinguir el periodo revolucionario.
El regreso de los Borbones después de la derrota incial de Napoleón estaba muerto desde el principio, pues Francia y su nobleza se habían dividido. En 1789, los príncipes de sangre y sus partidarios realistas habían huído de Francia, asentándose comunmente en la ciudad alemana de Coblenza. Cuando regresaron después de 1814, su país había cambiado profundamente y muchos de ellos nunca aceptaron a la nueva Francia. Como el diplomático francés Talleyrand dijo de los Borbones: “No han aprendido nada, no han olvidado nada”. Esto era una exageración. Cuando Luis XVIII (dieciocho) regresó al trono en 1814, tenía problemas fuertes que habrían sido difíciles de resolver para cualquiera. De hecho, esto apunta hacia la falta de consenso político en Francia. Y este sería el tema central para la política francesa del siglo diecinueve.
El primer problema de Luis era que aunque Napoleón se había ido, el Estado Napoleónico permanecía pues el ejército completo de burócratas que Napoleón había creado seguía en servicio. Luis necesitaba de esos burócratas y por ello practicó una política conciliatoria al negarse a purgarla. Esto indignó a los más fervientes partidarios del rey. Guiados por el Conde de Artois, el hermano más chico del rey, la facción conocida como los ultrarrealistas o ultras demandaba que todos los cambios posrevolucionarios fueran abolidos. Por tanto, Luis se vió atrapado entre grupos que querían eliminar los cambios de la revolución y grupos que debían a ella su estatus. Esta era una posición difícil pero inicialmente logró manejarla al crear un punto medio entre estas facciones en oposición, tratando de sanar la ruptura política que la revolución había creado. Desafortunadamente para Luis, Napoleón regresó y la reconciliación se hizo imposible.
Napoleón escapó de su prisión de Elba en 1815, y marchó por Francia durante los “Cien días”. El regreso del emperador intensificó las ya de por sí profundas divisiones políticas. Primero, muchos de los antiguos partidarios de Napoleón se levantaron contra el nuevo gobierno, incluyendo algunos ejércitos que el rey había mandado para detenerlo. Segundo, la paz final con las potencias victoriosas, quienes inicialmente habían ofrecido condiciones indulgentes, fue dura y dolorosa. Por tanto, se aplicaron represalias después de la segunda restauración de Luis XVIII, con el gobierno purgando a muchos de los funcionarios napoleónicos cuya lealtad al rey estaba en duda, y ejecutando a aquellos que activamente se habían unido a Napoleón. Finalmente, los “Cien días”incitaron el enojo público contra los demandantes napoleónicos. Al sur y al este de Francia bandas de vagabundos aplicaban su propia justica contra la gente que había estado del lado incorrecto. Esto produjo una radicalización de corto plazo en la política francesa que resultó en agosto de 1815 en la elección de una Cámara de Diputados reaccionaria.
La reacción pos-“Cien días” generó nuevos problemas para Luis XVIII. Aunque estaba feliz de ver una Cámara de Diputados conservadora –inicialmente los llamó “Parlamento inigualable”- este grupo probó ser demasiado reaccionario incluso para él, pues demandaban: el regreso de todas las propiedades a sus poseedores prerrevolucionarios, la abolición total de la burocracia napoleónica y el control de la Iglesia sobre el sistema educativo. Los ultras, el segmento más reacccionario de la sociedad, se volvió más estridente en sus llamados a reaccionar que incluso los ejércitos extranjeros ocupantes se pusieron nerviosos. El rey trató de negociar con esta situación al continuar con su middle curse y nombró un gobierno moderado conducido por Elie Decazes. Desafortunadamente esto no resolvió nada.
Para septiembre de 1816, la situación se había vuleto intolerable y Luis convocó a nuevas elecciones. Esta elección produjo una Cámara de Diputados más moderada, en parte porque los resultados fueron fuertemente manipulados. Tres amplios grupos aparecieron. A la izquierda estban los liberales, un grupo que se formaba por los republicanos y los bonapartistas. En el centro estaban los realistas, gente que en su mayoría se comprometió con alguna forma de monarquía constitucional. A la derecha estaban los ultras, gente que quería regresar al antiguo régimen. (Sólo para darles una idea de lo volátil de la situación, los ultras se dividieron después en ultras y ultra-ultras). Desafortunadamente, los próximos cuatro años sólo trajeron una polarización más fuerte pues los liberales ganaban fuerza en las subsecuentes eleciones y los ultras se volvían más histéricos en su oposición. Parecía no haber un punto medio.
Desde 1820 hasta 1830, los ultras controlaron la Cámara de Diputados esencialmente gobernaron Francia, exacervando todas las divisiones políticas que he discutido. Además, Luis XVIII se enfermó y abdicó al gobierno, dejando al conde de Artois, su hermano y líder de los ultras, en su lugar. El conde se embarcó en una política de represión. Las cosas empeoraron en 1824, cuando Luis se murió y el conde ascendió al trono como el rey Carlos X (décimo). Bajo la Cámara de Diputados del nuevo rey pasaron una serie de leyes reaccionarias que, entre otras cosas, compensaba a los emigrados revolucionarios, hizo del sacrilegio un crimen capital, y restringía la libertad de prensa.
Se pueden imaginar que con todas las cosas que habían cambiado en Francia, las prospectivas a largo plazo del régimen no eran buenas y finalmente cayó en julio de 1830. La caída del régimen revolucionario es importante porque resalta desde otro ángulo cómo el legado revolucionario continuó para envenenar a la política francesa. Dos asuntos dominan la escena política en la década de 1820: el problema del compromiso político con los liberales, y el papel de la religión en la vida cotidiana francesa. Como mencioné antes, los ultras gradualmente se dividieron en los ultras y los ultra-ultras. El primer ministro francés Conde de Villèle era un ultra, pero estaba dispuesto a comprometerse con otros grupos como los liberales y los moderados. Esto enojó a los ultra-ultras que aborrecieron a Villèle a pesar de todo lo que tenían en común, y constantemente colaboraban con la izquierda para crearle problemas al gobierno.
La religión desestabilizó aún más la situación. Los periodos revolucionario y napoleónico habían secularizado a Francia, con mucha gente alejándose de la Iglesia y de sus expresiones abiertas de piedad. Sin embargo, el problema era que los nobles que habían huído de Francia después de 1789, los tan llamados émigrés, se habían vuelto más piadosos mientras más tiempo habían estado fuera. Por tanto, cuando regresaron, demandaban el restablecimiento del control de la Iglesia sobre todos los aspectos de la vida. Y, una vez más, esto simplemente no era compatible con la situación posrevolucionaria.
La naturaleza reaccionaria del Nuevo Régimen llevó al surgimiento de la oposición liberal. Louis Adolphe Thiers es uno de los ejemplos más prominentes de la oposición liberal al régimen de Carlos X. Thiers surgió de un entorno común para convertirse en coeditor del periódico liberal Le National. Thiers y su periódico hicieron una campaña inflexible para correr a Polignac y deponer a Carlos X. Thiers y la oposición pública de Le National crearon una tendencia generalizada en la política francesa contra el gobierno reaccionario. El 19 de julio de 1830 se llevaron a cabo nuevas elecciones y la base política cambió fuertemente hacia la izquierda. Carlos X respondió duramente al decretar una serie de ordenanzas que prohibían la distribución de panfletos políticos, disolvió la nueva Cámara de Diputados, convocó a elecciones nuevamente y restringió el derecho de voto solamente a las personas más ricas de Francia. Al finalizar su trabajo, el rey se fue de París para ir de cacería. Nunca regresó.
El 27 de julio estallaron demostraciones contra el gobierno en París, seguidas de dos días de tumultos sangrientos. Estos tres días son conocidos como la revolución de julio. El resultado final de las demostraciones y tumultos fue un nuevo rey, otro Borbón llamado Luis Felipe. Los opositores a Carlos X ganaron al deponerlo y llamaron a Luis Felipe a convertirse en un verdadero monarca constitucional. Por su parte, Luis Felipe estaba poco emocionado por convertirse en rey. Inicialmente sólo aceptó el título de lugarteniente general del reino, pues su primo realmente no había abdicado. Después de celebrar en las calles de París, Luis cambió de opinión incluso yendo a una reunión política en el ayuntamiento donde alzó la bandera tricolor muy alto y abrazó al marqués de Lafayette.
No mucho cambió bajo Luis Felipe. Luis aceptó la constitución de 1814 y expandió el sufragio. (Bajo Carlos X sólo cerca de 90,000 personas podían votar. Con Luis Felipe se expandió a 170,000) Luis Felipe fue conocido como el rey burgués. Era muy bueno al manejar los símbolos políticos, significativamente se negó a ser coronado rodeado de la pompa que había caracterizado a las coronaciones anteriores. Como rey se aseguró que fuera visto por las calles de París vestido de traje y con sombrero. Trabajaba duro y vivía de manera frugal, dos virtudes que los franceses no estaban acostumbrados a ver en sus reyes. El problema fue que Luis nunca podía decidirse entre ser un rey burgués y un Borbón. Quería tener un papel activo en el gobierno, algo que los liberales como Thiers le habrían negado, pero también quería aplicar las viejas tradiciones de la monarquía.
Desafortunadamente para Luis, trató de encontrar el justo medio entre tradiciones incompatibles. Esta debilidad en su mandato se hizo patente de manera particular en las décadas de 1830 y 1840, pues constantemente desafiaban su legitimidad. La extrema izquierda y la extrema derecha continuaban la lucha, sin que ningún bando estuviera dispuesto a entablar compromisos. Por ejemplo, los ultras se volvieron más legitimistas después de 1830. Tener un rey Borbón no era suficiente y sólo la sucesión de un verdadero Borbón lo sería. Las esperanzas de los ultra recaían en la duquesa de Berry, esposa del fallecido hijo de Carlos X. En 1832, la duquesa dejó su exilio en Italia y llegó al sur de Francia, esperando empezar un levantamiento a favor de su hijo legítimo Borbón. Nada de esto sucedió y fue capturada. Desafortunadamente para la legitimidad, la duquesa también resultó estar embarazada. Y debido a que su esposo había sido asesinado en 1824, era poco probable que fuera su hijo. Al final, la duquesa de Berry tuvo que admitir que se había vuelto a casar y el proyecto de la restauración se colapsó por completo.
Luis Felipe enfrentó otros retos también. Los republicanos nunca aceptaron su gobierno, llevando a cabo una serie de levantamientos entre 1831 y 1834. Estos disturbios fueron provocados por rivalidades laborales, el peor ocurrió en Lyon en 1831 donde 15,000 trabajadores lucharon contra la Guardia Nacional en las calles. El gobierno arrestó a los líderes de los levantamientos y prohibió las asociaciones republicanas, lo que provocó exacerbó a toda la población.
Y los bonapartistas también estaban cerca detrás de su emperador. En los años después de su muerte, el recuerdo de Napoleón había tomado una nueva forma. Ya no era el dictador despiadado que había sido exiliado de una Francia exhausta sino un pequeño cabo que había llegado a la cima y que defendía al hombre común y corriente. Sin importar lo tonto que esto haya sido, esta visión de Napoleón como defensor del pueblo fue un mito muy poderoso. El hijo y heredero de Napoleón, el duque de Reichstatt vivió hasta 1832. Uno podría pensar que este mito se moriría con él pero entonces surgió otro Bonaparte que se cobijaba bajo el manto de Napoleón, Luis Bonaparte, supuesto hijo del hermano de Napoleón. La ironía es que Luis Napoleón no era francés. Había sido criado en Alemania y sólo hablaba alemán, nunca dominó el francés. En 1836, Luis Napoleón invadió Francia con un ejército pequeño y se dirigió a Estrasburgo donde persuadió al comandante militar local de unírsele. Luis Napoleón fue arrestado y sentenciado por su delito, y fue deportado a los Estados Unidos. Finalmente, terminó en Inglaterra donde conflagró otro golpe.
A pesar de todo, Luis Felipe sobrevivió y las cosas parecieron aplacarse en 1840. Fue afortunado en que gran parte de la oposición había logrado verse ridícula. El embarazo de la duquesa de Berry había matado al legitimismo. Los republicanos se habían desacreditado con su violencia, y el bonapartismo parecía ser una broma. Para gran parte de la década de 1840 hubo estabilidad, prosperidad y paz.
Esta situación cambió drásticamente en 1846. El mal tiempo hizo que disminuyeran las cosechas y el precio de los alimentos se incrementó. Agregado a esto, hubo una crisis económica que provocó que las fábricas cerraran y se generó un gran descontento contra Luis Felipe durante 1847. Debido a que la oposición política había sido prohibida, la manera más común de protestar contra el gobierno era agendar banquetes. En estos eventos la gente comía y se quejaba del gobierno. La caída de Luis Felipe comenzó el 28 de enero de 1848, cuando el gobierno reprimió un banquete, alegando que era un evento político prohibido. En respuesta, hubo protestas políticas que se convirtieron en disturbios y los disturbios en una revolución. El resultado fue que los Borbones cayeron por última vez y una segunda república fue proclamada en su lugar.
El gobierno provisional trató de ganar el apoyo de la población al declarar el sufragio universal masculino, que era de aproximadamente nueve millones de hombres, muchos de los cuales votarían por primera vez. Desafortunadamente, el gobierno electo falló en resolver los problemas económicos de Francia, lo que llevó a otra revolución en junio de 1848, los llamados Días de Junio, que se extendió a toda Europa, haciendo tambalear a los gobiernos a su paso. Klemens von Metternich, el ministro austriaco reaccionario fue forzado a abandonar Austria para refugiarse en Inglaterra. La revolución fue reprimida brutalmente y se creó un nuevo gobierno con planes de nuevas elecciones. Por tanto, las cosas estaban dispuestas para Luis Napoleón. Napoleón entró a la política francesa, esta vez de manera legítima, y fue electo presidente en 1848 con una gran mayoría. Disfrutaba de apoyo popular inmediato gracias en gran parte a su nombre, y quería convertirlo en su fuente de poder permanente. Sin embargo, la nueva constitución francesa prohibía la reelección del presidente. Por ello, Luis Napoleón hizo un golpe de Estado en 1852, trayendo consigo el legado de Napoleón I (primero) al hacerse llamar Napoleón III (tercero). En aquel entonces, Karl Marx hizo notar que la historia parecía repetirse, o como el dijo: “en un primer momento es tragedia, en un segundo momento es farsa”. Pero Marx olvidó algo importante: el gobierno de Luis Napoleón hizo cambios fundamentales en el paisaje político europeo.
Discutiré más de los cambios políticos en las sesiones sobre el ascenso de Italia y de Prusia. Lo que necesitan saber de esta sesión es que el reinado de Napoleón III se caracterizó por dos cosas. La primera es la estabilidad. Napoleón III trajo certidumbre política a Francia, lo que permitió que la economía creciera. De hecho, las políticas económicas de Napoleón eran ilustradas. Se aseguró que el pan fuera accesible para los pobres y construyó casas higiénicas para sus ciudadanos. La segunda es lo irresponsable de su aventurismo en política exterior. Aunque Napoleón III no era agresivo militarmente como su tío, él se veía a sí mismo como el negociante de poder en Europa, asegurándose que si algún país ganaba poder, Francia también ganara algo. Esta política funcionó inmediatamente después de la Guerra de Crimea (1853-1856), pero fue desastrosa cuando Napoleón decidió intervenir en Italia y en México. Hablaremos sobre Italia en otra sesión, pero por ahora resaltaré el deseo de Napoleón de debilitar a los Habsburgo austriacos al atacarlos en Italia, pero le salió el tiro por la culata pues sólo debilitó a Austria en su conflicto contra Prusia. La aventura en México le salió casi igual de mal.En 1861 Napoleón III propuso al archiduque austriaco Maximiliano como gobernante de México. Napoleón quería contrarrestar el creciente poder de Estados Unidos al establecer una serie de gobiernos amigos en América Latina. Inicialmente, los franceses apoyaron el ascenso de Maximiliano, pero cuando los Estados Unidos surgieron como potencia después de la Guerra Civil en 1865, Napoleón fue forzado a replegarse. Napoleón también tenía otros planes en el norte de Alemania. Vió al ascendente Estado de Prusia como una cubierta contra los Habsburgo. Desafortunadamente, ese estado terminó venciéndolo y le quitó su imperio en 1870. No importa dónde Napoleón III tratara de intervenir, siempre obtuvo menos de lo que quería y más de lo que negociaba. Hablaremos de las implicaciones de esto en otras sesiones sobre Italia y Prusia.